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PARTE 1 : LA CELDA 417

La prisión estatal de Blackridge estaba construida en medio de un desierto de Arizona. Durante el día, el calor quemaba los muros de hormigón. Por la noche, el viento atravesaba los pasillos como el lamento de alguien que nunca había conseguido salir.

En la celda 417 vivía Samuel Reed, un hombre de sesenta y tres años condenado por el asesinato de su esposa.

Llevaba veinte años en prisión.

Samuel nunca participaba en peleas. Reparaba libros viejos en la biblioteca, escribía cartas para los presos que no sabían leer y entregaba parte de su comida a los internos enfermos.

Sin embargo, nadie confiaba completamente en él.

Todos conocían su crimen.

Según el expediente, Samuel había golpeado a su esposa, Helen, después de una discusión y había provocado un incendio para ocultar el cuerpo. La policía encontró sangre en su camisa y sus huellas en el arma.

Su hija, Emily, tenía ocho años cuando ocurrió.

Durante el juicio, ella declaró que había escuchado a su padre gritar.

Aquellas palabras fueron suficientes para condenarlo.

Samuel jamás culpó a Emily.

Cada domingo escribía una carta para ella.

Nunca recibió respuesta.

Una mañana llegó un nuevo guardia llamado Daniel Carter. Tenía veintiséis años y había aceptado el trabajo para pagar las deudas médicas de su madre.

El jefe de seguridad le señaló a Samuel durante su primer recorrido.

“Ese es el preso 417. Parece tranquilo, pero mató a su esposa. No permitas que te engañe.”

Daniel asintió.

Esa misma tarde encontró a Samuel arrodillado junto a un prisionero herido. Había utilizado su propia camisa para detener la sangre.

“Aléjate de él”, ordenó Daniel.

Samuel levantó las manos.

“Necesita un médico.”

“Eso lo decidimos nosotros.”

Daniel esposó a Samuel y lo llevó al aislamiento por tocar a otro interno durante una pelea.

Antes de que cerraran la puerta, Samuel preguntó:

“¿El muchacho sobrevivirá?”

Daniel no respondió.

Tres días después, cuando Samuel regresó a su celda, encontró una carta sobre la cama.

No tenía remitente.

Sus manos comenzaron a temblar al leer la primera línea.

“Papá, soy Emily.”

Samuel se sentó lentamente.

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Su hija decía que iría a visitarlo el viernes.

Era la primera vez en veinte años.

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