nexio

PARTE 2 : LAS HUELLAS BAJO LA VENTANA

Durante cuatro años, la vida en la cabaña cambió por completo.

Mía creció rodeada de pinos, nieve y el murmullo del arroyo. Tenía el cabello oscuro, los ojos grandes y una risa capaz de llenar cada rincón que antes pertenecía al silencio. Esteban le enseñó a alimentar a las gallinas, a distinguir las huellas de los animales y a respetar el bosque sin temerle.

La niña sabía que era adoptada. Esteban nunca quiso mentirle.

Le había contado que una noche de tormenta un lobo gris la llevó hasta su puerta dentro de una canasta. Para Mía, aquello no era una historia triste. Era su cuento favorito.

Cada noche señalaba el bosque y preguntaba:

«¿Crees que todavía nos vigila?»

Esteban sonreía mientras acomodaba las mantas.

«Los lobos no olvidan, pequeña.»

Sin embargo, durante cuatro inviernos no volvieron a escuchar aquel aullido.

Hasta la noche del quinto cumpleaños de Mía.

La tormenta llegó sin previo aviso. Las nubes cubrieron las montañas y la nieve comenzó a caer con tanta fuerza que borró el sendero en pocos minutos. Esteban estaba preparando chocolate caliente cuando la niña se quedó inmóvil frente a la ventana.

«Papá, hay alguien afuera.»

Esteban dejó la olla sobre la estufa.

A través del vidrio empañado distinguió una silueta enorme junto al cobertizo. Dos ojos amarillos brillaban en la oscuridad.

El corazón le golpeó con fuerza.

Salió al porche con una linterna. El lobo gris estaba allí. Era más viejo, tenía el pelaje blanco alrededor del hocico y una cicatriz atravesaba su oreja izquierda.

Esteban sintió que el tiempo retrocedía.

«Eres tú.»

El animal no se acercó. Miró hacia la cabaña, después hacia el bosque y soltó un gruñido bajo.

No parecía una amenaza.

Parecía una advertencia.

Entonces Esteban vio las huellas.

No pertenecían al lobo.

Eran pisadas humanas que rodeaban la cabaña y terminaban justo debajo de la ventana del dormitorio de Mía.

Volvió a entrar y cerró la puerta con llave.

«Mía, ve al dormitorio.»

«¿Qué sucede?»

«Haz lo que te digo.»

La niña obedeció, pero antes de cerrar la puerta miró al lobo a través de la ventana. El animal seguía de pie bajo la nieve, vigilando el sendero.

Esteban tomó la escopeta y revisó cada rincón. Encontró una colilla de cigarrillo cerca del cobertizo. Todavía estaba seca, lo que significaba que alguien había estado allí hacía pocos minutos.

El teléfono sonó.

El ruido fue tan repentino que Esteban casi dejó caer el arma.

Contestó sin decir nada.

Una respiración lenta se escuchó al otro lado.

Luego una voz masculina susurró:

«La niña no te pertenece.»

La llamada terminó.

Esteban sintió un frío que no venía de la tormenta.

Marcó al guardabosques Rico y le explicó lo ocurrido. Rico prometió llegar en cuanto el camino fuera transitable. Después llamó a la policía, pero la nieve había bloqueado la carretera principal.

Estaban solos.

A medianoche, Mía se durmió abrazada a una muñeca de trapo. Esteban se sentó junto a la puerta con la escopeta entre las manos. El lobo continuaba afuera.

Poco antes del amanecer, se escuchó el motor de un vehículo.

Una camioneta negra apareció entre los árboles y se detuvo a pocos metros del porche. De ella bajó un hombre alto, de unos cuarenta años, con abrigo oscuro y botas cubiertas de barro.

Levantó las manos al ver la escopeta.

«No he venido a hacerle daño.»

«Entonces regrese por donde vino.»

El desconocido miró hacia la ventana.

«Me llamo Gabriel Salazar. Soy el hermano de la madre de Mía.»

Esteban no bajó el arma.

Gabriel sacó un sobre de su abrigo y lo dejó sobre la nieve.

Dentro había fotografías de una mujer joven. Tenía los mismos ojos de Mía.

También había un certificado de nacimiento.

El nombre de la niña era Amelia Salazar.

Esteban sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

«Mi hermana huyó hace cinco años», explicó Gabriel. «Creímos que estaba muerta. Hace dos semanas, un antiguo policía me habló del accidente y de la niña adoptada.»

«¿Por qué rodeaste mi casa durante la noche?»

Gabriel apretó la mandíbula.

«Yo no fui.»

El lobo gruñó desde el borde del bosque.

Los dos hombres giraron al mismo tiempo.

Entre los árboles apareció otra silueta.

Un segundo hombre levantó un rifle.

El disparo rompió el silencio.

Esteban cayó al suelo cuando la bala atravesó la madera del porche. Gabriel se arrojó detrás de la camioneta. El lobo corrió hacia el bosque y se abalanzó sobre el tirador.

Se escuchó un grito.

Mía abrió la puerta.

«¡Papá!»

Esteban se levantó y corrió hacia ella, pero un brazo surgió desde un costado de la cabaña. Un hombre encapuchado sujetó a la niña por la cintura y le tapó la boca.

Mía pataleó desesperadamente.

Esteban apuntó, pero no podía disparar sin arriesgarse a herirla.

Gabriel salió de detrás de la camioneta y golpeó al secuestrador con una pala que encontró junto al porche. El hombre soltó a Mía y huyó hacia los árboles.

Esteban abrazó a la niña.

En el bosque resonaron dos disparos más.

Después, silencio.

Cuando Rico y la policía llegaron una hora más tarde, encontraron manchas de sangre, un rifle abandonado y huellas que descendían hacia el cañón. El lobo había desaparecido.

Uno de los agentes revisó la camioneta de Gabriel.

Dentro encontró una carpeta con recortes de periódicos, fotografías de Mía tomadas desde lejos y una lista de pagos.

El agente miró a Gabriel con desconfianza.

«¿Cómo explica esto?»

Gabriel palideció.

«Esa carpeta no es mía.»

Entre los documentos había una fotografía reciente de Esteban y Mía frente a la escuela del pueblo. En la parte posterior alguien había escrito una frase.

La niña debe regresar antes de que recuerde.

Esteban miró a Gabriel.

«¿Recordar qué?»

Gabriel guardó silencio durante varios segundos.

May you like

Finalmente levantó la vista.

«El accidente de sus padres no fue un accidente.»

Related Stories

Other posts