nexio

PRATE 1 : EL OSO REGRESÓ

Los cazadores furtivos ataron al guardabosques a un árbol en medio de un bosque remoto y, antes de irse, simplemente se burlaron de él; pero cuando un enorme oso salió de entre la espesura, ocurrió algo verdaderamente aterrador…

Daniel llevaba más de veinte años trabajando como guardabosques en una gran reserva natural. Conocía perfectamente cada barranco, cada sendero y siempre trataba el bosque como si fuera su propio hogar. Por eso, cuando aquella mañana vio las huellas recientes de un todoterreno en una zona donde estaba prohibido entrar, comprendió de inmediato que los cazadores furtivos habían vuelto.

Siguió las huellas y poco después escuchó un disparo.

Al llegar a un pequeño claro del bosque, Daniel vio a tres hombres con rifles. Cerca de ellos yacía un ciervo, mientras ellos tranquilamente colocaban su presa dentro del vehículo.

Dejen las armas en el suelo. La caza aquí está prohibida. Ya he llamado a los inspectores, dijo el guardabosques con voz firme.

Uno de los hombres simplemente sonrió con desprecio.

¿Uno contra tres? ¿De verdad crees que puedes detenernos?

Daniel no retrocedió.

Mientras yo trabaje aquí, no tocarán a los animales de este bosque.

Los cazadores furtivos se miraron entre ellos.

Entonces tendremos que darte una pequeña lección.

Los tres se abalanzaron sobre él al mismo tiempo. Daniel intentó resistirse, pero la diferencia de fuerzas era demasiado grande. Unos minutos después, sus manos ya estaban fuertemente atadas detrás de su espalda y su cuerpo sujeto con gruesas cuerdas a un enorme árbol.

El líder de los cazadores se acercó casi hasta su rostro y dijo con una sonrisa burlona:

Quédate aquí hasta la noche. Si tienes suerte, alguien te encontrará. Y si no… los animales llegarán antes que nadie.

Los tres se rieron a carcajadas, subieron al vehículo y desaparecieron entre los árboles.

Al principio, Daniel intentó liberarse. Tiró de las cuerdas y apoyó los pies contra el suelo, pero los nudos estaban demasiado apretados. Cuanto más forcejeaba, más dolorosamente se clavaban las cuerdas en sus muñecas.

Después de un rato, todo quedó completamente en silencio.

El viento movía las copas de los pinos. Un pájaro carpintero golpeaba algún tronco a lo lejos.

Entonces, desde lo profundo del bosque, llegó el fuerte crujido de unas ramas.

Daniel levantó la cabeza.

Entre los árboles apareció lentamente un enorme oso pardo.

Era tan grande que el hombre sintió que la sangre se le helaba. El animal se detuvo a pocos metros de distancia y lo miró fijamente a los ojos.

El guardabosques dejó de respirar.

No ahora… susurró en voz baja.

El oso dio unos pasos más y se acercó completamente.

De repente, se levantó sobre sus patas traseras, como si estuviera preparándose para atacar.

Daniel cerró los ojos.

Pero el ataque nunca llegó.

En lugar de abalanzarse sobre él, el enorme animal apoyó su espalda contra el árbol y comenzó a frotarse con fuerza contra el tronco.

El árbol se estremeció.

Una vez.

Otra vez.

Y otra.

El viejo pino comenzó a crujir con fuerza.

Daniel miró hacia arriba, aterrorizado.

Por un instante creyó que el árbol iba a caer encima de él.

Pero entonces ocurrió algo completamente diferente.

Con una de las fuertes sacudidas, una gruesa rama alrededor de la cual pasaba parte de la cuerda se rompió con un fuerte chasquido.

La tensión desapareció de golpe.

La cuerda se aflojó y Daniel cayó al suelo.

Durante varios segundos permaneció allí tendido, respirando agitadamente, incapaz de comprender lo que acababa de suceder.

Cuando finalmente levantó la cabeza, el enorme oso seguía allí.

A pocos pasos.

Pero no gruñía.

No enseñaba los dientes.

No mostraba ninguna agresividad.

Simplemente lo observaba.

Daniel se quedó inmóvil.

Y entonces recordó.

Unos meses antes había encontrado un pequeño cachorro de oso atrapado en una trampa colocada ilegalmente por cazadores furtivos.

El pobre animal luchaba desesperadamente mientras un cable metálico le apretaba una de las patas.

Daniel sabía que acercarse era extremadamente peligroso.

Había visto huellas de una osa adulta alrededor de la zona.

La madre estaba cerca.

Cualquier movimiento equivocado podía provocar un ataque.

Pero Daniel no pudo abandonar al cachorro.

Se acercó lentamente, cortó cuidadosamente el cable de metal y consiguió liberarlo.

Durante todo aquel tiempo, una enorme osa permaneció escondida entre los árboles.

Observándolo.

Daniel nunca olvidó aquellos ojos.

Cuando el cachorro consiguió ponerse nuevamente sobre sus patas, corrió hacia su madre.

La osa no atacó al guardabosques.

Se quedó mirándolo durante unos segundos.

Después se dio la vuelta y desapareció junto a su cachorro en el bosque.

Ahora Daniel reconocía aquella misma mirada.

Era ella.

La misma osa.

El hombre permaneció sentado en el suelo, sin atreverse a moverse.

La osa lo observó durante unos segundos más.

Luego soltó un suave resoplido.

Se dio la vuelta.

Y desapareció lentamente entre los árboles.

Daniel siguió mirándola hasta que la espesura se la tragó por completo.

Horas después consiguió regresar al puesto de guardabosques y comunicar lo ocurrido.

Los cazadores furtivos habían cometido un grave error.

Creyeron que desaparecer entre los caminos del bosque sería suficiente.

Pero Daniel conocía aquella reserva mejor que nadie.

Las huellas del todoterreno, las marcas de los neumáticos y las pruebas encontradas en el claro permitieron seguir su recorrido.

Poco después, los tres hombres fueron localizados y detenidos.

Daniel regresó varias veces al lugar donde había quedado atado.

Nunca volvió a ver a aquella osa tan cerca.

Pero desde aquel día comprendió algo que jamás olvidaría.

Los animales salvajes pueden ser peligrosos.

Actúan por instinto.

Protegen a sus crías.

Defienden su territorio.

Pero la crueldad deliberada pertenece a otro mundo.

Los cazadores habían dejado a un hombre indefenso atado a un árbol y se habían marchado riéndose.

La criatura que ellos habrían llamado bestia fue precisamente la que, sin saberlo o quizá recordando un antiguo acto de bondad, terminó dándole una oportunidad de escapar.

Desde entonces, Daniel repetía una frase cada vez que algún joven guardabosques le preguntaba por qué había dedicado toda su vida a proteger aquel lugar:

May you like

Nunca esperes que un animal sea humano.

Pero tampoco supongas que todos los humanos saben comportarse como tales.

Related Stories

Other posts