PARTE 3

A las seis de la mañana siguiente, Anna ya estaba frente al hospital militar.
El general Sokolov la esperaba en la entrada.
No llevaba escolta.
Solo una carpeta negra bajo el brazo.
“¿También te avisaron?”
“Sí.”
Entraron juntos.
El soldado Petrov estaba despierto.
Tenía el rostro pálido y el cuerpo inmovilizado parcialmente.
Cuando vio a Anna, sus ojos se llenaron de alivio.
“Pensé que no vendrías.”
Anna se acercó.
“¿Cómo te sientes?”
“Como si me hubiera atropellado un camión.”
Intentó sonreír.
Después miró al general.
Su expresión cambió.
“Necesito decir algo.”
Sokolov se sentó junto a la cama.
“Te escucho.”
Petrov respiró con dificultad.
“El arnés estaba mal.”
Anna frunció el ceño.
“¿Cómo lo sabes?”
“Lo revisé antes del ejercicio.”
“Entonces estaba bien.”
“Sí.”
Petrov miró al general.
“Pero cuando subí a la plataforma, una de las hebillas ya estaba casi suelta.”
Sokolov abrió la carpeta.
“¿Informaste a alguien?”
“Al sargento.”
“¿Nombre?”
“Chernov.”
El general tomó nota.
“¿Qué respondió?”
Petrov cerró los ojos.
“Me dijo que dejara de inventar excusas y continuara.”
Anna apretó los puños.
“¿Viste a alguien cerca del equipo?”
Petrov guardó silencio.
Luego respondió.
“Sí.”
Sokolov levantó la mirada.
“¿A quién?”
“Al coronel.”
Anna sintió un vuelco en el estómago.
“¿Estás seguro?”
“Lo vi tocando el arnés antes del ejercicio.”
El general permaneció completamente inmóvil.
“¿Por qué no lo dijiste antes?”
Petrov soltó una risa amarga.
“Porque nadie me habría creído.”
La puerta se abrió.
Dos investigadores militares entraron.
Sokolov se levantó.
“Desde ahora, todo lo que digas quedará registrado.”
Petrov asintió.
Anna salió al pasillo.
Necesitaba aire.
Sokolov salió poco después.
“Esto empeora.”
Anna lo miró.
“¿Qué tiene que ver mi madre con todo esto?”
El general no respondió inmediatamente.
“Hace dieciocho años, tu madre investigó irregularidades dentro de esta misma unidad.”
Anna se quedó helada.
“¿Aquí?”
“Sí.”
“Pero esta base tenía otro mando.”
“Tenía varios de los mismos oficiales.”
El general abrió la carpeta negra.
Dentro había documentos viejos.
Fotografías.
Listas.
Nombres.
Uno de ellos era Voronov.
Anna sintió que el pecho se le cerraba.
“¿Él conocía a mi madre?”
“Muy bien.”
Sokolov le entregó una copia.
“Elena descubrió que algunos oficiales estaban alterando informes de accidentes para esconder negligencias graves durante entrenamientos.”
Anna pasó las páginas rápidamente.
Había ocho nombres.
Tres coincidían con oficiales que todavía servían en la base.
“¿Por qué nunca se hizo público?”
“Porque la investigación desapareció.”
Anna levantó la mirada.
“¿Desapareció?”
“Los documentos fueron destruidos.”
“¿Y mi madre?”
Sokolov respiró lentamente.
“Fue trasladada.”
Anna conocía esa parte.
Después del traslado, Elena abandonó el ejército.
Dos años más tarde murió en un accidente de carretera.
Durante toda su vida, Anna había aceptado esa historia.
Ahora ya no estaba segura de nada.
“¿Cree que su muerte tuvo relación?”
Sokolov miró al suelo.
“No tengo pruebas.”
“Pero lo sospecha.”
Silencio.
Eso fue suficiente.
Anna cerró la carpeta.
“Entonces Voronov sabía quién era yo desde que llegué.”
“Es posible.”
“Mi apellido.”
“Sí.”
Anna recordó algo.
El primer día en la base.
El coronel había observado su expediente demasiado tiempo.
Después había preguntado el nombre de su madre.
Anna pensó que era simple curiosidad.
Ahora entendía.
Él había sabido exactamente quién era.
Sokolov dio una orden inmediata.
“Regresa a los barracones. No hables de esto con nadie.”
“¿Por qué?”
“Porque si hay más personas implicadas, no sabemos quién puede estar escuchando.”
Anna asintió.
Pero cuando regresó a su habitación encontró la puerta abierta.
Su cama estaba desordenada.
Su armario también.
La fotografía de su madre había desaparecido.
Anna se quedó inmóvil.
Miró alrededor.
No faltaba dinero.
No faltaban objetos personales.
Solo la fotografía.
Alguien sabía.
Anna salió corriendo.
Encontró a Sokolov cerca del edificio administrativo.
“General.”
Él vio su expresión.
“¿Qué ocurrió?”
“Entraron en mi habitación.”
“¿Qué se llevaron?”
“La foto.”
Sokolov palideció.
“¿Qué foto?”
“La de mi madre.”
“¿Había algo escrito detrás?”
Anna lo miró.
“Sí.”
El general cerró los ojos un instante.
“Esto confirma que alguien conoce la investigación.”
En ese momento sonó una alarma dentro del edificio.
Un soldado salió corriendo.
“¡Fuego en archivos!”
Sokolov y Anna se miraron.
Luego corrieron.
Una columna de humo salía de una ventana del segundo piso.
Personal militar intentaba controlar las llamas.
El incendio había comenzado exactamente en la sala donde se guardaban los registros antiguos de entrenamiento.
Sokolov maldijo en voz baja.
“Están limpiando pruebas.”
Anna observó a la multitud.
Oficiales.
Soldados.
Personal técnico.
Todos corrían.
Todos gritaban.
Pero una persona permanecía demasiado tranquila.
El sargento Chernov.
El mismo hombre a quien Petrov había informado sobre el arnés.
Anna lo vio alejarse discretamente.
“General.”
“¿Qué?”
“Chernov.”
Sokolov giró.
El sargento ya caminaba hacia un vehículo.
“¡Deténganlo!”
Dos soldados corrieron.
Chernov reaccionó al instante.
Entró en el jeep y arrancó.
El vehículo salió disparado.
Sokolov tomó una radio.
“Cierren la puerta norte.”
Anna vio el jeep dirigirse hacia la salida trasera.
“Va hacia el almacén.”
El general la miró.
“¿Cómo lo sabes?”
“Porque desde allí puede cruzar directamente al camino exterior.”
Anna corrió.
Sokolov intentó detenerla.
“¡Morozova!”
Pero ella ya había doblado la esquina.
Chernov abandonó el jeep junto al almacén cuando encontró la salida bloqueada.
Entró corriendo.
Anna llegó segundos después.
El interior estaba oscuro.
Cajas de munición vacía.
Material de entrenamiento.
Herramientas.
Ella avanzó con cuidado.
Escuchó un ruido detrás.
Se giró.
Chernov la empujó contra una estantería.
Anna cayó.
El sargento intentó inmovilizarla.
“Debiste dejar las cosas como estaban.”
Anna forcejeó.
“¿Manipulaste el arnés?”
Chernov apretó su brazo.
“Petrov vio demasiado.”
Anna logró girar el cuerpo.
Golpeó su muñeca.
Se liberó.
Chernov retrocedió.
“Tu madre también hacía demasiadas preguntas.”
Anna se quedó inmóvil.
“¿Qué dijiste?”
El hombre comprendió demasiado tarde que había hablado de más.
Anna avanzó.
“¿Conociste a mi madre?”
Chernov sonrió.
“Todos la conocíamos.”
“¿Qué le hicieron?”
No respondió.
Anna dio otro paso.
“¿Qué le hicieron?”
Chernov sacó una pequeña navaja.
“Tu madre tuvo una oportunidad de callarse.”
Anna no apartó la mirada.
“Y no lo hizo.”
“Exacto.”
El hombre atacó.
Anna esquivó el brazo.
Lo controló.
Pero Chernov era más fuerte.
Ambos cayeron contra unas cajas.
La navaja se deslizó por el suelo.
Chernov intentó alcanzarla.
Anna lo sujetó por la espalda.
En ese momento entraron varios soldados.
Sokolov detrás de ellos.
“¡Quieto!”
Chernov dejó de resistirse.
Fue esposado.
Sokolov se acercó a Anna.
“¿Estás herida?”
“No.”
Pero ella seguía mirando al sargento.
“Dijo que conocía a mi madre.”
Sokolov se volvió hacia Chernov.
“Entonces tendrás mucho que explicar.”
Durante el interrogatorio, Chernov resistió cuatro horas.
Negó todo.
Después admitió haber manipulado el equipo.
Luego habló del incendio.
Finalmente dijo una frase que cambió todo.
“Voronov no era quien mandaba.”
Sokolov se inclinó hacia delante.
“¿Quién?”
Chernov sonrió.
“Llegan tarde.”
En ese mismo momento, un oficial abrió la puerta.
“General.”
“¿Qué ocurre?”
“El coronel Voronov desapareció.”
Anna se levantó.
“¿Cómo?”
“Su alojamiento está vacío.”
Sokolov golpeó la mesa.
“Cierren todas las salidas.”
El oficial negó con la cabeza.
“Ya no está en la base.”
Anna sintió un escalofrío.
“¿Se llevó algo?”
“Sí.”
“¿Qué?”
El oficial entregó una pequeña caja metálica.
Vacía.
Sokolov la reconoció.
“Archivo de operaciones especiales.”
Anna frunció el ceño.
“¿Qué guardaba?”
“Documentos históricos.”
“¿Sobre mi madre?”
El general no respondió.
Eso bastó.
Dos días después, Voronov fue localizado en una antigua casa de campo a ochenta kilómetros de la base.
No intentó escapar.
Cuando Anna y Sokolov llegaron, el coronel estaba sentado junto a una mesa.
Delante de él había una carpeta.
Y encima de la carpeta estaba la fotografía robada de Elena.
Anna se quedó paralizada.
Voronov sonrió.
“Te pareces mucho a ella.”
Anna apretó los dientes.
“¿Qué pasó con mi madre?”
El coronel miró a Sokolov.
“¿Todavía no se lo dijiste?”
El general endureció la expresión.
“Cállate.”
Anna giró hacia él.
“¿Qué no me dijo?”
Voronov soltó una carcajada.
“Qué curioso.”
Sokolov avanzó.
“Voronov.”
Pero Anna levantó la mano.
“Déjelo hablar.”
El coronel miró directamente a la joven.
“Tu madre no murió simplemente en un accidente.”
Anna sintió que todo desaparecía a su alrededor.
El sonido.
La habitación.
El aire.
“¿Qué significa eso?”
Voronov se inclinó hacia la mesa.
“Significa que llevaba documentos que podían destruir a varios oficiales.”
Anna miró a Sokolov.
“¿Usted sabía esto?”
El general no respondió.
Voronov sonrió.
“Claro que lo sabía.”
Anna dio un paso atrás.
“General.”
Sokolov cerró los ojos.
“Sabía que Elena estaba investigando.”
“Eso no responde mi pregunta.”
“Sabía que recibió amenazas.”
Anna sintió que le faltaba el aire.
“¿Y la dejó sola?”
El general bajó la mirada.
“Cometí un error.”
“¿Un error?”
La voz de Anna tembló por primera vez.
“Mi madre murió.”
Sokolov no se defendió.
“Lo sé.”
Voronov disfrutaba cada segundo.
Pero entonces Anna vio algo sobre la mesa.
Un pequeño dispositivo de grabación.
La luz estaba encendida.
Voronov estaba grabando todo.
Anna comprendió de inmediato.
Él quería enfrentarla contra Sokolov.
Quería convertir el dolor en caos.
Anna respiró profundamente.
Luego tomó la fotografía de su madre.
“¿Quién ordenó matarla?”
Voronov dejó de sonreír.
“Eso tendrás que descubrirlo.”
Anna se acercó.
“No.”
Colocó la foto delante de él.
“Lo vas a decir ahora.”
Voronov guardó silencio.
Sokolov se acercó.
“Tenemos a Chernov.”
Por primera vez, el coronel mostró miedo.
“Está mintiendo.”
“Está hablando.”
“Entonces no necesita nada de mí.”
Sokolov dejó una grabadora sobre la mesa.
“Tenemos nombres.”
Voronov palideció.
Era una mentira.
Pero funcionó.
Miró hacia la puerta.
Después hacia Anna.
Finalmente susurró:
“El general Mikhail Orlov.”
Sokolov se quedó completamente quieto.
Anna lo notó.
“¿Quién es?”
El general tardó varios segundos en responder.
“El inspector principal de todo este distrito militar.”
Anna comprendió entonces por qué la investigación de su madre había desaparecido.
Por qué Voronov había podido actuar durante tantos años.
Por qué alguien todavía estaba dispuesto a destruir pruebas.
Esto era mucho más grande que un coronel abusivo.
Voronov bajó la voz.
“Orlov llega mañana.”
Anna lo miró fijamente.
“¿A esta base?”
“Sí.”
“¿Por qué?”
El coronel sonrió otra vez.
“Porque ya sabe que tú existes.”
Al día siguiente, toda la unidad volvió a formar en el mismo patio.
El mismo lugar donde el cabello de Anna había caído al suelo.
Pero esta vez nadie miraba a la joven con pena.
La miraban con respeto.
Voronov estaba bajo arresto.
Chernov también.
Anna permanecía en la primera fila.
Su cabello corto se movía ligeramente con el viento.
A lo lejos apareció un convoy de vehículos negros.
El general Sokolov se colocó junto a ella.
“Pase lo que pase, no reacciones por impulso.”
Anna miró los coches detenerse.
“Eso me lo dijo mi madre muchas veces.”
La puerta del vehículo central se abrió.
Un hombre de unos sesenta años descendió lentamente.
Uniforme impecable.
Medallas en el pecho.
Rostro sereno.
General Mikhail Orlov.
Caminó hacia ellos.
Miró primero a Sokolov.
Después a Anna.
Su expresión no cambió.
Pero sus primeras palabras hicieron que todos quedaran helados.
“Así que tú eres la hija de Elena.”
Anna sostuvo su mirada.
“Sí.”
Orlov sonrió apenas.
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“Esperé dieciocho años para conocerte.”
Y en ese instante Anna comprendió que el verdadero peligro apenas acababa de llegar.