nexio

PRATE 2

Durante varios segundos nadie se movió.

El coronel Voronov seguía en el suelo, apoyado sobre una rodilla, mientras cientos de soldados permanecían inmóviles en sus filas.

Anna estaba de pie frente a él.

Su respiración seguía siendo tranquila.

Su uniforme estaba impecable.

Solo el corte irregular de su cabello revelaba lo que acababa de ocurrir.

El general avanzó lentamente hacia el centro del patio.

Su nombre era Viktor Sokolov.

Era conocido en todo el ejército por una razón muy sencilla.

Nunca levantaba la voz.

No lo necesitaba.

Cuando hablaba, incluso los oficiales más experimentados guardaban silencio.

Sokolov miró la trenza oscura que aún permanecía en el suelo.

Luego observó las tijeras que el coronel seguía sosteniendo en una mano.

Su expresión cambió.

No parecía enfadado.

Parecía decepcionado.

Y para Voronov aquello era mucho peor.

El general extendió la mano.

“Entrégame las tijeras.”

Voronov se levantó lentamente.

“General, la recluta desobedeció una orden directa.”

“Te pedí las tijeras.”

El coronel apretó los labios.

Después se las entregó.

Sokolov las examinó durante unos segundos.

“¿Esta es ahora una herramienta disciplinaria reglamentaria?”

Nadie respondió.

El general giró hacia los soldados.

“¿Alguien recibió una orden oficial que autorizara este castigo?”

Silencio.

Voronov intervino.

“Fue una decisión de mando.”

Sokolov lo miró.

“Tu decisión de mando acaba de ocurrir delante de toda una unidad.”

El coronel trató de recomponerse.

“General, esta mujer abandonó la formación durante un ejercicio.”

Anna seguía inmóvil.

Sokolov giró hacia ella.

“Recluta Anna Morozova.”

“Sí, mi general.”

“¿Abandonó la formación?”

“Sí.”

Un murmullo atravesó las filas.

Nadie esperaba que Anna lo admitiera tan rápido.

Sokolov entrecerró los ojos.

“¿Por qué?”

“Porque el soldado Petrov estaba herido y no podía incorporarse.”

“¿Recibió orden de regresar?”

“Sí.”

“¿La desobedeció?”

“Sí.”

Voronov sonrió levemente.

Por primera vez pensó que la situación empezaba a favorecerlo.

Pero Sokolov hizo una última pregunta.

“Si ocurriera lo mismo mañana, ¿volvería a hacerlo?”

El patio entero pareció contener la respiración.

Anna respondió sin dudar.

“Sí.”

La sonrisa del coronel desapareció.

El general observó a Anna durante unos segundos.

Luego giró lentamente hacia la compañía.

“Eso es exactamente lo que esperaba escuchar.”

Voronov abrió los ojos.

“¿Qué?”

Sokolov habló con voz firme.

“Una orden no convierte una negligencia en algo correcto.”

El coronel dio un paso adelante.

“Con respeto, general, la disciplina militar se basa en obedecer.”

“Y el mando militar se basa en saber qué órdenes no deben darse.”

El silencio cayó con un peso enorme.

Sokolov señaló hacia el edificio médico situado al otro lado de la base.

“¿Dónde está el soldado Petrov?”

Un capitán respondió desde la formación.

“En el hospital militar.”

“¿Estado?”

El capitán dudó.

“Fractura vertebral.”

La expresión del general se endureció.

“¿Puede caminar?”

“Todavía no se sabe.”

Un escalofrío recorrió a muchos soldados.

Anna bajó por primera vez la mirada.

No por miedo.

Por preocupación.

El general volvió a mirar a Voronov.

“¿Dijiste que se levantaría solo?”

El coronel no respondió.

“Te hice una pregunta.”

“Sí.”

Sokolov apretó la mandíbula.

“Entonces vamos a hablar de disciplina de verdad.”

El general llamó a dos oficiales de inspección.

Ambos se acercaron.

“Quiero el registro completo del entrenamiento.”

“Sí, mi general.”

“Grabaciones de seguridad.”

“Sí.”

“Informes médicos.”

“Sí.”

“Y las órdenes emitidas durante los últimos seis meses.”

Voronov palideció.

Muy poco.

Pero Anna lo notó.

Y el general también.

Sokolov se acercó un poco más.

“¿Hay algo que quieras decirme antes de que empiece la revisión?”

“Todo está en orden.”

El general sostuvo su mirada.

“Eso espero.”

La formación fue disuelta.

Los soldados comenzaron a alejarse en silencio.

Pero el ambiente ya no era el mismo.

Nadie hablaba del cabello de Anna.

Todos hablaban de la reacción del coronel.

De su rostro.

De su miedo.

Algo no encajaba.

Mientras Anna se dirigía hacia los barracones, una voz la llamó.

“Morozova.”

Era el general.

La joven se detuvo.

Sokolov estaba solo.

En su mano llevaba la trenza cortada.

“Esto es tuyo.”

Anna la miró.

No la tomó.

“Puede tirarla.”

El general arqueó una ceja.

“¿No significaba mucho para ti?”

Anna guardó silencio unos segundos.

“Sí.”

“Entonces llévatela.”

Ella finalmente la tomó.

Sus dedos temblaron apenas.

Era la primera emoción visible que mostraba desde el incidente.

Sokolov lo notó.

“¿Por qué no lloraste?”

Anna levantó la mirada.

“Porque eso era lo que él quería.”

El general permaneció callado.

Anna continuó.

“Mi madre me enseñó que cuando alguien intenta humillarte, a veces lo único que puedes controlar es la reacción que le entregas.”

Sokolov la observó con atención.

“Tu madre fue militar.”

No era una pregunta.

Anna se quedó inmóvil.

“Sí.”

“¿Nombre?”

Ella dudó.

“Elena Morozova.”

Por primera vez, la expresión del general cambió por completo.

Sus ojos se abrieron ligeramente.

“¿Elena Morozova?”

Anna frunció el ceño.

“¿La conoció?”

Sokolov tardó demasiado en responder.

“Sí.”

La joven dio un paso hacia él.

“¿Cómo?”

El general miró alrededor.

Después bajó la voz.

“Tu madre sirvió bajo mi mando.”

Anna sintió que algo se cerraba dentro de su pecho.

Su madre había muerto cuando ella era adolescente.

Siempre había evitado hablar de sus últimos años en el ejército.

Solo decía que algunas historias debían permanecer enterradas.

Anna jamás había entendido por qué.

“Ella nunca mencionó su nombre.”

“Eso no me sorprende.”

Sokolov miró hacia el edificio administrativo.

“Hay algo que necesitas saber.”

Pero antes de poder continuar, un jeep militar frenó bruscamente junto al patio.

Un capitán descendió casi corriendo.

“General.”

Sokolov giró.

El hombre le entregó una carpeta.

“Los archivos que pidió.”

“Eso fue rápido.”

“Porque encontramos algo extraño.”

Voronov estaba cerca de la entrada del edificio.

Cuando vio la carpeta, su rostro perdió el color.

El general abrió la primera página.

Después la segunda.

Luego levantó lentamente los ojos hacia el coronel.

“Voronov.”

El coronel se acercó.

“Sí, mi general.”

Sokolov levantó el documento.

“Explícame esto.”

Voronov lo tomó.

Su rostro cambió.

Anna no podía leerlo desde donde estaba.

Pero vio una cifra.

Una fecha.

Y el nombre del soldado Petrov.

El coronel tragó saliva.

“Debe ser un error administrativo.”

Sokolov le quitó la hoja.

“¿Un error administrativo?”

“Sí.”

“Entonces seguramente tampoco sabrás por qué hay otros siete soldados lesionados durante entrenamientos bajo tu mando.”

El patio quedó otra vez en silencio.

“General, esas lesiones…”

“Ni por qué tres informes médicos fueron modificados después de ser firmados.”

Voronov no respondió.

Anna sintió que la historia estaba cambiando frente a sus ojos.

Esto ya no era sobre un corte de cabello.

Ni siquiera era sobre Petrov.

El general cerró la carpeta.

“Coronel Voronov, queda suspendido temporalmente de sus funciones.”

Un murmullo sacudió a los soldados que aún permanecían cerca.

Voronov dio un paso atrás.

“¿Suspendido?”

“Hasta que termine la investigación.”

“Esto es absurdo.”

“Entonces no tendrás nada que temer.”

Voronov miró a Anna.

Fue solo un segundo.

Pero su mirada estaba llena de odio.

Ella lo vio.

Sokolov también.

“Y otra cosa.”

El general se puso entre ambos.

“A partir de ahora, no te acercas a la recluta Morozova sin autorización.”

Voronov apretó los puños.

“¿Está insinuando que soy una amenaza para una subordinada?”

“No.”

Sokolov respondió con calma.

“Estoy diciendo que no pienso averiguarlo por las malas.”

Esa noche la base militar estaba extrañamente silenciosa.

Anna permanecía sentada en su litera.

La trenza cortada estaba sobre la mesa.

Junto a ella había una pequeña fotografía de su madre.

Elena sonreía con uniforme militar.

Anna había visto aquella foto cientos de veces.

Pero esa noche notó algo que nunca había observado.

En el fondo de la imagen aparecía un grupo de oficiales.

Entre ellos había un hombre mucho más joven.

Viktor Sokolov.

Anna se quedó helada.

Dio vuelta a la fotografía.

En la parte posterior había una frase escrita por su madre.

“Si algún día todo sale a la luz, busca a Viktor.”

Anna sintió un escalofrío.

La puerta se abrió.

Una recluta entró apresuradamente.

“Anna.”

“¿Qué pasa?”

“Petrov despertó.”

Anna se levantó de inmediato.

“¿Está bien?”

“Eso dicen.”

La chica respiró aliviada.

Pero la recluta no sonreía.

“Hay algo más.”

Anna frunció el ceño.

“¿Qué?”

“Pidió hablar contigo.”

“¿Conmigo?”

“Sí.”

“¿Por qué?”

La recluta tragó saliva.

“Porque dice que no cayó por accidente.”

Anna quedó inmóvil.

El silencio llenó la habitación.

“¿Qué dijo?”

La recluta miró hacia la puerta antes de continuar.

“Dice que alguien manipuló el equipo de entrenamiento.”

Anna sintió que la sangre se le helaba.

Y entonces comprendió por qué Voronov había intentado obligarlos a continuar el ejercicio.

Tal vez no quería evitar una interrupción.

Tal vez quería evitar que alguien examinara el lugar.

Anna tomó la fotografía de su madre.

Miró una vez más la frase escrita detrás.

May you like

“Si algún día todo sale a la luz, busca a Viktor.”

Y por primera vez entendió que su llegada a aquella unidad quizá nunca había sido una casualidad.

Related Stories

Other posts