PARTE 2: EL PRECIO DE UN APELLIDO

Elena se arrodilló junto a Clara.
Víctor apartó a los invitados y comprobó que la mujer respiraba. Tenía un golpe en la frente, pero seguía consciente.
«Un hombre con guantes negros», murmuró Clara. «Tomó la memoria y corrió hacia el corredor de servicio».
Elena miró la puerta por la que había desaparecido Alejandro.
«Él lo planeó».
Víctor quiso detenerla cuando ella se levantó.
«No puedes seguirlo sola».
«He pasado toda mi vida huyendo de preguntas. Esta noche quiero respuestas».
Elena recogió la carta de su madre y salió del salón. Víctor fue tras ella. Clara, ayudada por dos camareros, les indicó que el corredor conducía al antiguo despacho privado de la familia.
Mientras atravesaban la mansión, los sonidos del baile quedaron atrás. Los pasillos eran oscuros y estaban decorados con retratos de hombres orgullosos que compartían el mismo apellido.
Montenegro.
Elena observó aquellos rostros.
Durante años había imaginado que su apellido era una puerta hacia una vida mejor. Ahora comprendía que también podía ser una jaula.
Al llegar al despacho encontraron la puerta entreabierta.
Dentro, Alejandro estaba frente a una chimenea encendida. Sostenía la memoria entre los dedos.
«No dé un paso más», advirtió.
Elena entró.
«¿Qué le hizo a mi madre?»
«Nada que puedas comprender».
«Inténtelo».
Alejandro soltó una risa amarga.
«Tu madre era impulsiva. Creía que podía convertir la fortuna de esta familia en una organización benéfica. Quería entregar propiedades, empresas y tierras a personas que nunca habían trabajado por ellas».
Víctor cerró la puerta detrás de sí.
«La Fundación Montenegro fue creada para ayudar a familias sin recursos».
Alejandro giró la cabeza.
«Fue creada por débiles que se avergonzaban de ser ricos».
Elena apretó la carta contra su pecho.
«Mi madre descubrió que usted robaba dinero de la fundación».
Alejandro guardó silencio.
Aquella reacción fue suficiente.
«¿Cuánto?», preguntó Elena.
«No importa».
«¿Cuánto robó?»
«Casi cuarenta millones».
Víctor lo miró horrorizado.
Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Durante su infancia había visto a Víctor contar monedas para pagar la electricidad. Recordó los días en que él fingía haber cenado para que ella pudiera comer la última porción. Mientras tanto, Alejandro había robado una fortuna destinada a personas como ellos.
«Mi madre quiso denunciarlo».
«Tu madre no entendía cómo funciona el mundo», respondió Alejandro. «Una acusación habría destruido nuestro apellido, nuestros negocios y el futuro de todos los empleados».
«No. Habría destruido su futuro».
Alejandro lanzó la memoria al fuego.
Elena gritó y corrió hacia la chimenea, pero Víctor la sujetó antes de que se quemara.
El pequeño dispositivo comenzó a deformarse entre las llamas.
Alejandro respiró aliviado.
«Ahora no tienen nada».
Una voz femenina respondió desde la entrada.
«Se equivoca».
Clara estaba de pie junto a dos agentes de policía y una mujer de traje oscuro. Detrás de ellos se encontraban varios invitados que habían seguido el enfrentamiento.
La mujer se presentó como Isabel Serrano, fiscal especializada en delitos financieros.
«La memoria que destruyó era una copia».
Alejandro retrocedió.
Clara sacó otra memoria del interior de su bastón.
«Lucía sabía que usted intentaría destruir las pruebas. Por eso dejó tres copias».
La fiscal levantó una carpeta.
«Una fue entregada esta tarde a mi oficina».
El rostro de Alejandro quedó sin color.
«Esto es una trampa».
«No», respondió Elena. «Es la verdad alcanzándolo después de diecinueve años».
Los agentes se acercaron.
Alejandro miró a los invitados, esperando que alguno interviniera. Nadie se movió. Los hombres que minutos antes reían con él apartaron la mirada. Las mujeres que admiraban su apellido comenzaron a susurrar entre ellas.
Cuando un agente le pidió que extendiera las manos, Alejandro observó a Elena.
«Todo lo que tienes existe gracias a mí».
Elena negó lentamente.
«Todo lo que soy existe a pesar de usted».
Las esposas se cerraron alrededor de las muñecas del aristócrata.
Antes de salir, Alejandro se volvió hacia Víctor.
«Dile la verdad. Dile por qué Lucía confió en ti. Dile quién eras realmente antes de convertirte en este pobre hombre».
Elena miró a Víctor.
El silencio regresó al despacho.
«¿De qué está hablando?»
Víctor bajó la cabeza.
Clara cerró los ojos, como si hubiera esperado aquel momento durante años.
«Víctor no era un trabajador de la casa», explicó. «Era el abogado de la Fundación Montenegro».
Elena sintió una nueva punzada de desconcierto.
Víctor sacó de su bolsillo una pequeña llave de plata.
«Yo ayudé a tu madre a reunir las pruebas. Cuando Alejandro descubrió que colaborábamos, hizo que me acusaran de fraude. Perdí mi licencia, mi casa y todo lo que tenía».
«¿Por qué nunca me lo dijiste?»
«Porque no quería que crecieras buscando venganza».
«¿Y mi madre?»
Víctor miró la fotografía que Elena sostenía.
«La noche en que intentamos escapar, hubo un accidente en la carretera. Yo logré sacarte del coche. Tu madre no estaba dentro cuando el vehículo cayó por el barranco».
Elena dejó de respirar.
«¿Qué significa eso?»
Víctor abrió la mano y mostró la llave.
«Significa que nunca encontraron su cuerpo».
En aquel instante, el teléfono de Clara comenzó a sonar.
La mujer observó la pantalla y se quedó pálida.
«Es imposible».
«¿Quién llama?», preguntó Elena.
May you like
Clara levantó los ojos.
«El número pertenece a tu madre».