PARTE 2: LA CARTA QUE ALEJANDRO QUERÍA DESTRUIR

Durante varios segundos, nadie se atrevió a respirar.
Elena permanecía en el centro del salón con la mano extendida hacia Víctor. Las lágrimas brillaban en sus ojos, pero su espalda seguía recta. Frente a ella, Alejandro parecía haber perdido de repente toda la autoridad que tanto le gustaba exhibir.
Víctor miró la mano de la joven como si no estuviera seguro de merecer aquel gesto.
Sus dedos estaban ásperos, marcados por años de trabajo en talleres, almacenes y cocinas. Había pasado gran parte de su vida procurando no llamar la atención. Aquella noche, sin embargo, todos los invitados observaban al hombre del traje gris.
Elena dio un paso hacia él.
«Papá, ¿bailas conmigo?»
Víctor cerró los ojos por un instante.
Durante diecinueve años había esperado escuchar aquella palabra sin miedo, sin dudas y sin la sombra de otro hombre reclamando un lugar que jamás se había ganado.
Finalmente tomó la mano de Elena.
La orquesta, confundida, comenzó a tocar una melodía suave. Algunos invitados se apartaron para dejarles espacio. Otros bajaron la mirada, avergonzados por haber juzgado a Víctor apenas unos minutos antes.
Elena apoyó una mano sobre su hombro.
«Perdóname por haberte pedido que usaras ese traje», susurró.
Víctor sonrió entre lágrimas.
«Tu madre lo eligió antes de morir. Dijo que algún día lo llevaría en el momento más importante de tu vida».
Elena se quedó inmóvil.
«¿Mi madre conocía este traje?»
Víctor sintió que el corazón se le detenía.
Había cometido un error.
Alejandro, que escuchaba desde unos metros de distancia, levantó la cabeza de inmediato. El desconcierto en su rostro fue sustituido por una expresión de miedo.
«Víctor, cállate», ordenó.
La música continuó unos segundos más, pero Elena soltó lentamente la mano de su padre.
«¿Por qué quiere que se calle?»
Alejandro se acercó intentando recuperar su tono dominante.
«Porque este hombre está confundido. Tu madre murió cuando tú eras pequeña. No debes permitir que invente historias en una noche tan especial».
Víctor apretó los labios.
Elena lo conocía demasiado bien. Sabía cuándo ocultaba cansancio, cuándo fingía no tener hambre y cuándo sonreía para evitar preocuparla. También sabía cuándo estaba guardando un secreto.
«Papá, mírame».
Víctor levantó los ojos.
«¿Qué ocurrió realmente con mi madre?»
Antes de que pudiera responder, una mujer mayor se abrió paso entre los invitados.
Era Clara Montes, antigua ama de llaves de la familia de Alejandro. Caminaba apoyándose en un bastón de madera oscura y llevaba un pequeño bolso negro contra el pecho.
Alejandro palideció al verla.
«Tú no deberías estar aquí».
Clara se detuvo frente a él.
«Y usted no debería seguir mintiendo».
Un murmullo recorrió el salón.
La mujer abrió el bolso y sacó un sobre amarillento, cerrado con un sello de cera parcialmente roto.
«La madre de Elena me entregó esta carta tres días antes de desaparecer. Me pidió que se la diera a su hija cuando cumpliera veintiún años».
Elena miró el sobre. En la parte delantera estaba escrito su nombre con una caligrafía delicada.
Alejandro intentó arrebatárselo.
Víctor reaccionó antes. Sujetó su muñeca con firmeza y lo obligó a retroceder.
«No vuelva a tocar nada que pertenezca a mi hija».
El aristócrata lo miró con odio.
«No es tu hija».
Víctor no levantó la voz.
«Una hija es quien te llama cuando tiene miedo. Es la persona por la que permaneces despierto toda la noche cuando tiene fiebre. Es aquella para la que trabajas aunque tus manos sangren. Usted puede tener su sangre, Alejandro, pero yo tengo cada uno de sus recuerdos».
Elena tomó el sobre.
Sus manos temblaban al romper el sello.
Dentro había una carta y una fotografía antigua. En la imagen aparecía su madre, Lucía, sosteniendo a Elena cuando apenas era una niña. A su lado estaba Víctor, mucho más joven, con una pequeña herida en la ceja y una sonrisa tímida.
Alejandro no aparecía en ninguna parte.
Elena comenzó a leer.
«Mi querida Elena, cuando recibas esta carta, quizá hayas crecido creyendo que te abandoné. No fue así. Intenté llevarte conmigo, pero Alejandro amenazó con quitarte de mi lado y encerrarme si revelaba lo que había descubierto».
Las voces se apagaron por completo.
Elena continuó, cada vez más alterada.
«Víctor fue la única persona que nos ayudó. Cuando comprendí que mi vida corría peligro, le pedí que te protegiera. No confíes en el apellido que llevas. Busca los documentos de la Fundación Montenegro. Allí encontrarás la razón por la que Alejandro quiso borrarme de tu vida».
Elena dejó de leer.
Alejandro avanzó hacia ella.
«Esa carta es falsa».
Clara abrió el bolso nuevamente.
«Entonces también serán falsos los informes bancarios, las declaraciones de los empleados y la grabación que Lucía me pidió esconder».
Sacó una pequeña memoria digital.
La expresión de Alejandro cambió por completo.
Ya no parecía arrogante.
Parecía aterrorizado.
Antes de que Clara pudiera entregársela a Elena, las luces del salón se apagaron.
Se escucharon gritos, cristales rompiéndose y pasos apresurados.
Cuando la iluminación de emergencia se encendió, Clara estaba en el suelo.
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La memoria había desaparecido.
Y Alejandro ya no se encontraba en el salón.