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CAPÍTULO 3: JUSTICIA EN NOCHEBUENA

La fiesta de abajo seguía fuera de control.

La música retumbaba por toda la mansión.

Los invitados reían.

El champán corría sin parar.

Nadie notó a Alejandro bajar por la escalera.

Hasta que apagó la música.

El silencio fue inmediato.

Todas las cabezas se giraron.

Jimena sonrió con nerviosismo.

“¡Alejandro, cariño, estás en casa!”

Él caminó directamente hasta el centro de la sala.

Sosteniendo los recibos.

Sosteniendo el contrato del internado.

Sosteniendo una de las muñecas de Regina.

La sonrisa desapareció del rostro de Jimena.

“¿Qué es esto?”, preguntó él en voz baja.

Ella tragó saliva.

“Puedo explicarlo.”

“Por favor, hazlo.”

Nadie se movió.

Nadie habló.

Los invitados sintieron que el desastre se acercaba.

Jimena intentó soltar una risa.

“Estás exagerando.”

Alejandro levantó la muñeca.

“Vendiste sus juguetes.”

Silencio.

Levantó los recibos.

“Gastaste más de cuatrocientos mil dólares.”

Silencio.

Luego alzó el contrato del internado.

“Y planeabas enviar a mis hijas al otro lado del mundo sin mi permiso.”

La sala estalló en murmullos.

El rostro de Jimena se puso pálido.

“No fue así.”

“Entonces diles a todos cómo fue.”

Ella miró alrededor con desesperación.

Por primera vez, nadie estaba de su lado.

Entonces la verdad se le escapó.

“¡Ellas lo arruinaron todo!”

Los invitados soltaron exclamaciones de horror.

Jimena señaló hacia el pasillo.

“Siempre necesitaban atención. Siempre iban primero. ¡Yo era tu esposa!”

Alejandro la miró fijamente.

El asco reemplazó a la ira.

“Tienen cinco años.”

“¡Estaban destruyendo nuestro futuro!”

“No”, dijo Alejandro en voz baja.

“Tú lo estabas destruyendo.”

Se giró hacia seguridad.

“Sáquenla.”

Los ojos de Jimena se abrieron de par en par.

“¡No puedes hacer esto!”

El personal de seguridad avanzó.

Ella gritó.

Lloró.

Amenazó con demandas.

Pero nadie la escuchó.

Mientras la escoltaban hacia la puerta, cuatro pequeñas voces resonaron por la mansión.

“¿Papá?”

Alejandro se giró.

Las cuatrillizas estaban juntas en la escalera.

Envuelta en mantas.

Asustadas.

Él cruzó la sala de inmediato.

Se arrodilló.

Y abrió los brazos.

Las cuatro niñas corrieron hacia él.

Los invitados observaron en silencio.

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Muchos con lágrimas en los ojos.

Porque todos podían ver la verdad.

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