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PARTE 1 HAY ALGO DENTRO

¡Eh! ¡Detente!

El grito del doctor Alejandro Vega llegó demasiado tarde.

El niño ya estaba junto a la cama.

Tendría diez años.

Cabello castaño desordenado.

Camiseta azul oscura.

Zapatillas gastadas.

En una mano llevaba una piedra gris.

En la otra, nada.

Ni mochila.

Ni abrigo.

Ni siquiera parecía saber cómo había conseguido atravesar la planta privada de uno de los hospitales más caros de Manhattan.

Don Ricardo Serrano lo miró horrorizado.

A sus sesenta y nueve años, llevaba diez días ingresado tras una caída en las escaleras de su ático.

Su pierna izquierda estaba cubierta por un enorme yeso blanco desde el pie hasta casi la cadera.

¿Quién demonios eres?

El niño no respondió.

Levantó la piedra.

¡No! gritó la doctora Lucía Ferrer.

¡CRAC!

La piedra golpeó el yeso.

Ricardo lanzó un grito de furia.

¡Sáquenlo de aquí!

Alejandro avanzó para detener al niño.

Pero él retrocedió.

¡Hay algo dentro!

Estás empeorando su lesión, dijo Alejandro.

¡No!

Mateo Navarro miró desesperadamente a los tres adultos.

Eso no estaba así ayer.

Ricardo se quedó inmóvil.

¿Ayer?

Mateo volvió a mirar el yeso.

Había aparecido una fisura oscura.

Lo vi cuando se lo pusieron.

Lucía frunció el ceño.

Tú no estabas aquí.

El niño no respondió.

Golpeó una segunda vez.

Una pequeña pieza de yeso cayó sobre la sábana.

Alejandro intentó sujetarle la muñeca.

Mateo se zafó.

¡Una vez más!

¡No vas a tocarme otra vez! gritó Ricardo.

Pero entonces todos lo vieron.

Entre las capas blancas había algo negro.

No piel.

No venda.

No material médico.

Era la esquina de una pequeña bolsa de tela.

El silencio fue inmediato.

Mateo señaló.

Eso no estaba ahí cuando se lo pusieron.

Alejandro se inclinó.

Su rostro cambió.

Ricardo respiró más rápido.

¿Qué es eso?

Nadie respondió.

Lucía dio un paso hacia atrás.

Mateo la miró.

Después señaló la puerta.

Lo vi entrar con ella anoche.

Todas las miradas se dirigieron hacia Lucía.

¿Conmigo? preguntó.

Mateo asintió.

El hombre del abrigo gris.

Lucía palideció.

Ricardo lo notó.

¿Quién era?

No sé de qué está hablando.

Mateo respondió inmediatamente:

Sí sabe.

Alejandro miró a su compañera.

Lucía.

Ella apretó los labios.

Era mi hermano.

La habitación quedó helada.

El hermano de Lucía se llamaba Gabriel Ferrer.

No era médico.

No trabajaba en el hospital.

Y, según las normas de seguridad, jamás debería haber entrado en aquella habitación durante la noche.

Ricardo exigió una explicación.

Lucía bajó los ojos.

Me llamó diciendo que necesitaba hablar conmigo.

¿Y lo trajiste aquí?

Solo estuvo unos minutos.

¿Mientras yo dormía?

Silencio.

Mateo negó con la cabeza.

No estaba dormido.

Ricardo lo miró.

¿Cómo lo sabes?

El niño tardó en responder.

Porque escuché que usted hablaba.

Todos se volvieron hacia él.

Alejandro preguntó:

¿Dónde estabas?

Mateo bajó la mirada.

Debajo de la escalera de servicio.

Durante tres noches había dormido allí.

Su madre había muerto meses antes.

Su padre llevaba años desaparecido.

Mateo sobrevivía haciendo pequeños recados y recogiendo comida cerca del hospital.

Una empleada de limpieza llamada Marta le daba bocadillos sin decir nada.
La noche anterior había oído voces.

Curioso, se acercó a la puerta entreabierta.

Vio entrar a Lucía.

Y detrás de ella, a Gabriel.

¿Qué hicieron? preguntó Ricardo.

Ella miró el pasillo.

Mateo señaló a Lucía.

Él llevaba una bolsa negra.

Lucía negó rápidamente.

Eso es mentira.

La puso debajo de su abrigo.

Ricardo miró su pierna.

Después a la bolsa atrapada dentro del yeso.

Su expresión cambió.

Quiero que lo saquen ahora.

Alejandro respondió:

Necesitamos hacerlo correctamente.

Pues háganlo.

La voz de Ricardo ya no era de miedo.

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Era de rabia.

Porque empezaba a entender que aquella caída quizá no fuera el único problema.

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