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PARTE 2: LA SEGUNDA TORMENTA

Durante los días siguientes, nadie volvió a reírse de la casa de Elena.

Los mismos vecinos que meses antes se detenían frente a la tienda para burlarse de las extrañas estacas ahora levantaban la mirada hacia su techo con una mezcla de curiosidad y respeto.

Pero Elena no parecía satisfecha.

Cada mañana salía al patio, observaba las nubes y miraba durante largos minutos hacia las montañas.

Una tarde, Tomás, su vecino, se acercó.

¿Por qué sigues preocupada? La tormenta ya pasó.

Elena negó lentamente con la cabeza.

Esa no era la tormenta que esperaba.

Tomás frunció el ceño.

¿Cómo que no?

Elena señaló las montañas.

Mi marido decía que cuando el primer temporal llega demasiado temprano, debemos preocuparnos por el segundo.

Tomás sonrió nerviosamente.

Pero tu casa resistió perfectamente.

Elena lo miró fijamente.

Mi casa sí.

Tomás dejó de sonreír.

Aquella misma noche, Elena encendió la vieja lámpara del cobertizo y comenzó a sacar tablas, cuerdas, clavos y herramientas.

A la mañana siguiente ocurrió algo que sorprendió a todo el pueblo.

La anciana empezó a llamar puerta por puerta.

No pedía dinero.

No pedía disculpas por las burlas.

Solo hacía una pregunta.

¿Quieres que revise tu techo?

Algunos aceptaron inmediatamente.

Otros todavía desconfiaban.

Pero Elena comenzó por la casa de Tomás.

Encontró dos vigas debilitadas, varias tejas sueltas y una sección del tejado que podía levantarse con una ráfaga suficientemente fuerte.

Durante horas trabajó junto a él.

Después pasó a la casa de una familia con tres niños.

Luego a la vivienda de una viuda que apenas podía caminar.

Después a otra.

Y otra.

En menos de una semana, varios hombres del pueblo comenzaron a acompañarla.

Elena les enseñaba dónde reforzar las vigas, cómo asegurar las partes más vulnerables y qué zonas debían revisar antes de una tormenta.

Entonces llegó la noticia.

La radio local anunció la formación de un temporal mucho más peligroso.

Fuertes nevadas.

Vientos extremos.

Carreteras posiblemente bloqueadas.

La temperatura podía caer durante varios días.

El miedo se extendió por el pueblo.

De repente, nadie llamaba loca a Elena.

Todos querían hablar con ella.

Pero cuando los vecinos llegaron a su casa aquella tarde, encontraron a la anciana subida nuevamente al techo.

Tomás gritó desde abajo.

Elena, baja de ahí. El viento está aumentando.

Ella siguió trabajando.

Todavía falta una.

¿Una qué?

Una estaca.

Tomás miró el cielo oscuro.

No vale la pena arriesgar la vida por una estaca.

Elena se quedó inmóvil.

Después respondió con una frase que nadie entendió en aquel momento.

Esta no protege mi casa.

Protege la de ustedes.

Horas después comenzó la tormenta.

El viento golpeó el pueblo con una violencia que nadie recordaba.

La electricidad desapareció.

Las ventanas temblaban.

Los árboles crujían.

Las familias permanecieron reunidas en las habitaciones más seguras de sus casas.

A medianoche se escuchó un estruendo enorme.

Un viejo árbol había caído sobre los cables de electricidad y bloqueado la carretera principal.

El pueblo quedó completamente aislado.

Entonces alguien comenzó a golpear desesperadamente la puerta de Elena.

Era Tomás.

Su rostro estaba blanco.

Elena abrió.

¿Qué ocurre?

La casa de Marta.

Elena sintió que algo se le hundía en el pecho.

Marta era la joven madre de los tres niños.

¿Qué pasó?

Una parte del techo está cediendo.

Elena tomó su abrigo inmediatamente.

Tomás la sujetó del brazo.

No puedes salir con este viento.

Hay tres niños allí.

Eso fue suficiente.

Salieron.

Cuando llegaron, varios vecinos intentaban mantener cerrada la puerta mientras el viento golpeaba la vivienda.

Dentro, Marta abrazaba a sus hijos.

Elena levantó la mirada hacia el techo.

Entonces comprendió el problema.

No era la parte que habían reforzado.

Era una vieja extensión trasera que nadie había considerado peligrosa.

Una ráfaga levantó varias tablas.

Marta gritó.

Elena señaló la casa de Tomás.

Todos a su sótano. Ahora.

Los vecinos comenzaron a evacuar a la familia.

Segundos después, otra ráfaga arrancó una parte de aquella extensión.

Todos se quedaron paralizados.

Si hubieran esperado unos minutos más, las consecuencias podrían haber sido terribles.

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Pero la tormenta todavía no había terminado.

Y Elena sabía que lo peor estaba por llegar.

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