PARTE 3

Regresé al campamento convencida de que la pesadilla había terminado.
Me equivocaba.
Cuando llegué, apenas podía respirar. Tenía las manos cubiertas de sangre por las heridas de la corteza y la ropa empapada de barro. El encargado del campamento, un hombre llamado Samuel, corrió hacia mí al verme aparecer entre la niebla.
Me preguntó qué había ocurrido.
Al principio no fui capaz de responder. Solo señalé hacia las montañas y repetí que había visto una leona.
Samuel dejó de sonreír.
En aquella región no se habían registrado leones salvajes durante años. Existían rumores sobre animales escapados de una reserva privada situada al otro lado del valle, pero nadie había encontrado pruebas.
Me llevó hasta una cabaña, limpió mis heridas y llamó por radio a los guardabosques.
Mientras esperábamos, escuché un ruido detrás de la pared.
Era un rasguño suave.
Luego otro.
Todos se quedaron en silencio.
Samuel tomó una linterna y abrió lentamente la puerta trasera. El haz de luz recorrió los árboles, los arbustos mojados y el suelo cubierto de hojas.
No había nada.
Sin embargo, cuando enfocó hacia el barro, apareció una huella enorme.
Era reciente.
La leona me había seguido.
Samuel cerró la puerta inmediatamente y apagó las luces. Me pidió que no hiciera ningún ruido. Cinco personas permanecimos dentro de la cabaña mientras algo pesado caminaba alrededor.
Podíamos escuchar su respiración.
En ocasiones, una sombra pasaba frente a la ventana.
No comprendía por qué estaba allí. Su cachorro estaba a salvo. No tenía motivos para seguirme hasta el campamento.
Entonces se escuchó un chillido.
Reconocí aquella voz.
Era el cachorro.
Corrí hacia la ventana y separé ligeramente la cortina. La cría estaba tumbada a pocos metros de la cabaña. Intentaba levantarse, pero una de sus patas traseras no respondía.
La leona permanecía junto a él.
No había venido para atacarme.
Había venido porque su cachorro estaba herido.
Cuando lo sujeté para sacarlo del precipicio, pensé que solo estaba agotado. En realidad, una piedra le había golpeado la pata y el daño debía de ser grave.
La leona miró directamente hacia la ventana.
Después bajó la cabeza y empujó al pequeño con el hocico. El cachorro volvió a intentar levantarse, pero cayó al suelo.
Samuel me sujetó del brazo cuando intenté acercarme a la puerta.
Me dijo que salir sería una locura.
Tenía razón, pero algo en la mirada de aquel animal me impedía quedarme quieta.
La leona había podido matarme junto al árbol. También podía haber atacado el campamento. Sin embargo, no lo había hecho.
Parecía estar esperando.
Minutos después llegaron dos guardabosques en un vehículo. Uno de ellos se llamaba Daniel y llevaba más de veinte años trabajando con animales salvajes.
Observó a la leona desde el interior de la cabaña y confirmó que su comportamiento era extraño.
No estaba cazando.
Estaba pidiendo ayuda.
Daniel preparó un rifle tranquilizante. Su plan era dormir primero a la madre y después examinar al cachorro. Pero en cuanto abrió una pequeña ventana para apuntar, la leona enseñó los dientes.
El cachorro chilló otra vez.
Daniel disparó.
El dardo voló entre los árboles, pero la leona se movió en el último instante. La aguja golpeó el tronco de un pino.
El animal rugió y corrió hacia la cabaña.
El golpe contra la puerta hizo temblar las paredes.
Todos retrocedimos aterrados.
Daniel cargó un segundo dardo, pero antes de que pudiera disparar, escuchamos un motor acercándose desde el sendero.
No era otro vehículo de los guardabosques.
Era una camioneta negra sin luces.
Se detuvo entre los árboles.
Tres hombres bajaron rápidamente. Llevaban armas, jaulas metálicas y cuerdas gruesas.
La leona olvidó por completo la cabaña.
Se volvió hacia ellos y lanzó un rugido mucho más feroz que todos los anteriores.
Uno de los hombres levantó su rifle.
Daniel gritó que bajara el arma.
El desconocido respondió disparando al aire.
En ese instante comprendimos la verdad.
Aquellos hombres no venían a salvar a los animales.
Eran cazadores ilegales.
El cachorro no había caído por accidente.
Daniel miró hacia el precipicio y luego hacia las jaulas de la camioneta.
Nos explicó que probablemente habían intentado capturarlo. La madre los había atacado y, durante la persecución, la cría había terminado atrapada en la pared de roca.
La leona no me había seguido solamente para pedir ayuda.
También huía de ellos.
Uno de los cazadores apuntó directamente al cachorro.
Abrí la puerta antes de que alguien pudiera detenerme.
Corrí hacia la cría y me lancé sobre ella justo cuando se escuchó el disparo.
La bala golpeó el suelo a centímetros de mi cuerpo.
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La leona rugió.
Y entonces se abalanzó sobre nosotros.