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Parte 2

La habitación que nadie debía abrir

Los primeros días en la casa de los Montenegro fueron extraños para Mateo y Alba.

Doña Isabel llenó los armarios con ropa nueva, preparó chocolate caliente cada mañana y pidió que colocaran dos camas en la antigua habitación de Elena. Alba aceptaba sus abrazos con facilidad, como si hubiese pasado toda la vida esperando unos brazos de abuela.

Mateo, en cambio, dormía con la chaqueta puesta.

Guardaba bajo la almohada las pocas monedas que había ganado vendiendo claveles y cada noche comprobaba que la puerta no estuviera cerrada con llave.

Don Álvaro intentaba acercarse a él, pero no sabía cómo hablar con un niño que tenía razones para odiarlo.

“Puedes llamarme abuelo cuando estés preparado”, le dijo una mañana.

Mateo no levantó la mirada del desayuno.

“Quizá nunca lo esté”.

Álvaro asintió en silencio.

Sabía que no tenía derecho a exigir nada.

Mientras Alba comenzaba a asistir a una escuela cercana, Mateo insistió en seguir vendiendo flores en la plaza de San Nicolás. No quería depender completamente de los Montenegro.

Pero una tarde, al regresar, encontró a Sergio esperándolo frente al balcón azul.

El sobrino de Álvaro llevaba las manos en los bolsillos y una expresión nerviosa.

“Tenemos que hablar”, dijo.

Mateo dejó la cesta en el suelo.

“No tengo nada que hablar contigo”.

“Yo no sabía que erais familia”.

“Eso no cambia que intentaste enviarme con la policía”.

Sergio bajó la cabeza.

“No puse la medalla en tu bolsillo solo para divertirme”.

Mateo frunció el ceño.

“Entonces, ¿por qué lo hiciste?”

Sergio miró hacia la calle para comprobar que nadie los observaba.

“Mi padre me lo pidió”.

El padre de Sergio se llamaba Rafael Montenegro. Era el hermano menor de Elena y el único hijo que permanecía cerca de don Álvaro. Durante años había dirigido parte de los restaurantes familiares y todos suponían que algún día heredaría el imperio Montenegro.

La aparición de Mateo y Alba lo cambiaba todo.

“Mi padre sabía quiénes erais antes de aquella fiesta”, confesó Sergio. “Os había visto vender flores y reconoció a Mateo por una fotografía antigua de Elena”.

Mateo sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza.

“¿Por qué no dijo nada?”

“Porque si el abuelo descubría que Elena tenía hijos, vosotros podríais reclamar parte de la herencia”.

Mateo agarró a Sergio por la chaqueta.

“¿Tu padre sabía que mamá estaba enferma?”

Sergio no respondió.

Aquello fue suficiente.

Mateo lo empujó contra la pared.

“Contéstame”.

“Encontró una carta de Elena hace tres años. Ella pedía ayuda. Decía que necesitaba dinero para un tratamiento”.

Mateo sintió que las piernas le fallaban.

Durante los últimos meses de vida de su madre, él había recorrido farmacias buscando medicamentos más baratos. Había vendido flores hasta que sus dedos se agrietaron por el frío. Elena les decía que la familia Montenegro jamás había contestado a sus cartas.

Ahora comprendía por qué.

“¿Qué hizo tu padre con la carta?”

“La quemó”.

Mateo levantó el puño, pero una voz lo detuvo.

“¡Mateo!”

Doña Isabel estaba al final de la calle.

Había escuchado las últimas palabras.

Se acercó lentamente, con el rostro blanco.

“¿Rafael recibió una carta de Elena?”

Sergio comenzó a llorar.

“Mi padre dijo que era mejor para todos. Dijo que Elena solo volvería para quedarse con el dinero”.

Doña Isabel tuvo que apoyarse en la pared.

Su hija no había desaparecido voluntariamente.

Había pedido ayuda.

Y alguien de su propia familia había condenado aquella petición al silencio.

Esa noche, don Álvaro llamó a Rafael y le ordenó presentarse en la casa del balcón azul.

Rafael llegó con un abrigo oscuro y una sonrisa falsa.

“Madre, padre, no deberíais creer todo lo que dice un niño asustado”.

Sergio estaba sentado en un rincón, temblando.

Doña Isabel colocó frente a Rafael una caja metálica que habían encontrado detrás de un armario de Elena.

Dentro había copias de cartas, recibos médicos y sobres devueltos.

“Tu hermana escribió diecisiete veces”, dijo Isabel. “Once cartas fueron enviadas a tu oficina”.

Rafael observó los documentos.

“Yo intentaba proteger a la familia”.

Don Álvaro golpeó la mesa.

“Dejaste morir a tu hermana”.

“Ella eligió marcharse”.

“Y tú elegiste ocultarnos que tenía dos hijos”.

Rafael perdió la paciencia.

“¡Porque todo esto debía ser mío!”

Señaló la casa, el restaurante y después a Mateo.

“Trabajé durante veinte años mientras Elena vivía como quería. Ahora aparecen dos niños de la calle y todos actúan como si fueran herederos de un reino”.

Mateo avanzó.

“No queremos su reino”.

“Entonces firma que renuncias a todo”.

Don Álvaro se interpuso.

“Sal de esta casa”.

Rafael soltó una carcajada amarga.

“No podéis echarme. Soy socio de los restaurantes y tengo acceso a todas las cuentas”.

“Lo tenías”, respondió don Álvaro. “Esta mañana ordené una auditoría”.

La sonrisa de Rafael desapareció.

Doña Isabel lo observó con horror.

“¿Qué has hecho?”

Rafael retrocedió hacia la puerta.

“Estáis cometiendo un error”.

Antes de marcharse, miró a Mateo con odio.

“Tu madre destruyó esta familia una vez. No permitiré que tú lo hagas de nuevo”.

Aquella madrugada, Mateo despertó al escuchar el sonido de un cristal rompiéndose.

Bajó de la cama y encontró la habitación de Alba vacía.

La ventana del balcón azul estaba abierta.

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Sobre el suelo había un clavel rojo aplastado y una nota escrita con letras temblorosas.

“Si queréis volver a verla, entregad la caja de Elena antes del amanecer”.

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