PARTE 2: EL HOMBRE DEL COCHE NEGRO

El hombre que descendió del automóvil tenía unos sesenta años.
Vestía un traje gris oscuro, zapatos impecables y un abrigo largo que parecía demasiado elegante para aquel camino cubierto de polvo.
Dos hombres corpulentos bajaron detrás de él.
No parecían conductores.
Parecían guardaespaldas.
La señora Elena retrocedió hasta chocar contra la barandilla del porche.
“Ricardo”, susurró.
El soldado oyó el nombre.
Su expresión cambió inmediatamente.
Ricardo Valdés.
Empresario, antiguo ministro y propietario de una de las compañías de construcción más poderosas del país.
Su rostro aparecía constantemente en periódicos, eventos benéficos y campañas políticas.
Pero también figuraba en varios informes militares relacionados con sobornos, desapariciones y contratos ilegales.
Nunca habían podido demostrar nada.
Ricardo observó primero a Elena.
Después al soldado.
Finalmente miró a Alba.
No pareció sorprendido.
“Has crecido”, dijo.
Alba sintió que el medallón pesaba sobre su pecho.
“¿Me conoce?”
Ricardo sonrió.
“No solamente te conozco. Llevo catorce años buscándote.”
El soldado se colocó delante de la muchacha.
“Deténgase ahí.”
Uno de los guardaespaldas avanzó, pero Ricardo levantó una mano.
“No he venido a pelear.”
“Entonces explique por qué esta mujer está aterrorizada al verlo.”
Ricardo miró a Elena.
“Porque sabe que me robó algo.”
Elena apretó los puños.
“Alba no es una cosa.”
Ricardo volvió a sonreír.
“Así que finalmente le dijiste su verdadero nombre.”
Alba miró a Elena.
“¿Qué está pasando?”
Nadie respondió.
El soldado sacó la antigua fotografía de Isabel Navarro y la sostuvo frente a Ricardo.
“¿Conocía a esta mujer?”
Por primera vez, la seguridad desapareció del rostro del empresario.
Solamente durante un instante.
Después recuperó su frialdad.
“Era la esposa de mi hijo.”
Alba dejó de respirar.
El soldado bajó lentamente la fotografía.
“¿Su hijo?”
“Adrián Valdés. Murió hace catorce años en un accidente de automóvil.”
Ricardo miró directamente a Alba.
“Y tú eres su hija.”
El patio pareció inclinarse.
Alba buscó apoyo en la mesa de madera.
“No.”
“Tu nombre completo es Alba Isabel Valdés Navarro. Eres mi nieta.”
Elena bajó del porche y se colocó junto a ella.
“No lo escuches.”
“¿Por qué no?”, preguntó Alba. “¿Porque también está mintiendo?”
Las palabras hirieron a Elena.
La mujer intentó tocarla, pero Alba retrocedió.
“Me llamaste Lucía durante años. Nunca me enseñaste una fotografía. Nunca me dijiste cuándo nací. ¿Quién eres tú?”
Elena cerró los ojos.
“Yo era enfermera de tu madre.”
El soldado la observó con atención.
Elena continuó con la voz quebrada.
“Isabel descubrió que Ricardo utilizaba la empresa familiar para lavar dinero y comprar contratos públicos. Adrián quiso denunciarlo. La noche en que iban a entregar las pruebas, su automóvil se salió de la carretera.”
“Fue un accidente”, respondió Ricardo.
“No”, dijo Elena. “Los frenos habían sido cortados.”
El rostro de Ricardo se endureció.
Alba apenas podía mantenerse en pie.
“¿Mis padres estaban dentro?”
“Sí”, respondió Elena. “Adrián murió. Isabel logró salir con vida. Tú ibas en el asiento trasero.”
Elena explicó que había llegado al hospital aquella misma noche. Isabel tenía heridas graves, pero todavía podía hablar. Antes de perder el conocimiento, le entregó a su hija y el medallón.
“Me pidió que te escondiera.”
Alba comenzó a llorar.
“¿Y ella?”
Elena miró hacia Ricardo.
“Desapareció del hospital antes del amanecer.”
El soldado apretó la mandíbula.
“¿Quién ordenó el traslado?”
“Nadie firmó la autorización. Cuando regresé, la habitación estaba vacía y dos hombres vigilaban el pasillo.”
Ricardo soltó una risa seca.
“Una historia conmovedora, pero sin pruebas.”
El soldado levantó el medallón.
“Quizá esto sea una prueba.”
Ricardo lo miró con una intensidad que confirmó más de lo que cualquier confesión habría logrado.
“Dámelo.”
Alba cerró la mano sobre la joya.
“No.”
Uno de los guardaespaldas avanzó.
El soldado abrió su chaqueta y mostró el arma asegurada a su cinturón.
“No dé otro paso.”
El aire se volvió insoportable.
Ricardo cambió de estrategia.
Su voz se hizo suave.
“Alba, tu padre era el heredero de todo lo que poseo. Casas, empresas, terrenos, cuentas. Si vienes conmigo, tendrás la vida que te corresponde.”
Alba observó su vestido gastado, sus manos marcadas por el trabajo y la escoba abandonada en el suelo.
Durante toda su vida había dormido en una pequeña habitación junto a la cocina.
Mientras tanto, podía haber sido heredera de una fortuna.
“¿Por qué me buscaba?”, preguntó.
“Porque eres mi familia.”
Elena negó con la cabeza.
“No. Te busca porque Adrián dejó un testamento. Cuando Alba cumpla quince años, heredará el control de sus acciones.”
Ricardo perdió la sonrisa.
“Cuidado, Elena.”
“Faltan tres días para su cumpleaños”, continuó ella. “Si Alba firma determinados documentos, Ricardo recuperará todo. Si se niega, él perderá el control de su propia compañía.”
Alba comprendió finalmente.
No había venido a rescatarla.
Había venido a utilizarla.
El soldado sacó su teléfono.
“Voy a llamar a mis superiores.”
Uno de los guardaespaldas se lanzó sobre él.
El golpe fue rápido.
El teléfono cayó al suelo.
El soldado respondió con el codo, apartó al hombre y se colocó frente a Alba. El segundo guardaespaldas intentó rodearlo, pero Elena arrojó una maceta contra sus piernas.
“¡Corre, Alba!”
La niña dio un paso hacia la casa.
Ricardo levantó la voz.
“Si cruzas esa puerta, nunca sabrás dónde está tu madre.”
Alba se detuvo.
El silencio regresó.
Lentamente se volvió.
“¿Está viva?”
Ricardo acomodó el puño de su abrigo.
“Ven conmigo y quizá puedas verla.”
Elena palideció.
“Está mintiendo.”
Entonces un sonido surgió desde el interior de la villa.
Tres golpes.
Lentos.
Profundos.
Venían de debajo del suelo.
Alba miró hacia la puerta.
Elena dejó de respirar.
Volvieron a escucharse tres golpes.
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Y después una voz femenina, débil pero clara, pronunció desde algún lugar oculto bajo la casa:
“Alba.”