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PARTE 3: EL SECRETO QUE DEJÓ SU PADRE

Veintidós años atrás, Rafael y Gabriel habían visto morir a su padre sin comprender por qué.

Alejandro Vega había sido encontrado dentro de su oficina poco antes del amanecer.

La versión oficial era sencilla.

Un ataque al corazón.

Rafael nunca lo había creído.

Su padre había estado sano.

Y lo más importante era lo sucedido la noche anterior a su muerte.

Alejandro le había entregado a Rafael, que entonces tenía diecisiete años, una pequeña llave de latón.

“Si alguien alguna vez pregunta por esto, dile que la quemaste.”

Rafael se había reído.

Alejandro no.

“Prométemelo.”

Rafael se lo prometió.

Después, su padre murió.

La llave terminó dentro de una caja que Rafael llevó consigo a cada casa, a cada matrimonio y a través de cada ascenso y caída de su vida.

Nunca había descubierto qué abría.

Hasta ahora.

“¿Todavía la tienes?”, preguntó Gabriel.

“Sí.”

“¿Dónde?”

“En un lugar que nadie conoce.”

Gabriel soltó una risa sin humor.

“Al parecer, la gente sabe más de nosotros de lo que pensábamos.”

Rafael lo ignoró.

Observó la fotografía de Camila.

Tenía que existir otra capa.

¿Por qué organizar una falsa redada?

¿Por qué involucrar a Mateo y Salazar?

¿Por qué obligarlo a huir?

Entonces lo comprendió.

“Necesitaban separarme de la casa.”

Gabriel asintió lentamente.

“Y hacer que todos creyeran que habías desaparecido.”

“No todos.”

Rafael señaló la fotografía.

“Camila sabe que estoy vivo.”

“Suponiendo que ella no forme parte de esto.”

Rafael lo miró.

“No forma parte.”

“Pareces muy seguro.”

“Conozco a mi esposa.”

La expresión de Gabriel se volvió triste.

“También conocías a Mateo.”

Aquellas palabras golpearon a Rafael más fuerte de lo que quería admitir.

Sobre ellos, la mansión estaba ahora llena de investigadores.

Rafael había desaparecido.

Mateo estaba cooperando.

Salazar buscaba el libro.

Y en algún lugar, Camila estaba esperando.

O alguien la obligaba a esperar.

Gabriel sacó un papel doblado.

“Encontré esto entre los viejos documentos de nuestro padre.”

Era un documento bancario.

Un depósito privado registrado bajo una corporación que Rafael jamás había escuchado mencionar.

Entre las notas escritas a mano había un símbolo familiar.

Una pequeña corona negra.

Rafael se quedó inmóvil.

Había visto aquel símbolo una vez.

En la llave de latón.

“¿Qué poseía nuestro padre?”

Gabriel negó con la cabeza.

“No qué.”

Hizo una pausa.

“Quién.”

Rafael lo miró fijamente.

Gabriel explicó que Alejandro había pasado años reuniendo pruebas contra una red privada que compraba jueces, manipulaba elecciones, financiaba organizaciones criminales y después sacrificaba a esas mismas organizaciones cuando la presión pública se volvía demasiado intensa.

Rafael sintió náuseas.

Su padre no había sido simplemente un jefe criminal.

Había estado reuniendo información sobre las personas que estaban por encima de él.

Personas que consideraban desechables a hombres como Rafael.

“¿Y la llave?”

“Papá la llamaba la Llave de la Corona.”

“¿Qué abre?”

“Todavía no lo sé.”

Rafael soltó una risa amarga.

“Entonces estamos persiguiendo un fantasma.”

“No.”

Gabriel señaló la fotografía de Camila.

“Ellos no.”

Un sonido surgió del pasadizo detrás de ellos.

Ambos hermanos se giraron.

Pasos.

Lentos.

Acercándose.

Gabriel apagó inmediatamente la luz.

La oscuridad envolvió la habitación.

Los pasos se detuvieron afuera.

Entonces escucharon una voz conocida.

“¿Jefe?”

Los ojos de Rafael se entrecerraron.

Mateo.

“Jefe, sé que está ahí abajo.”

Gabriel susurró.

“No respondas.”

Mateo continuó.

“Cometí un error.”

Silencio.

“Tienen a mi hija.”

La expresión de Rafael cambió.

La voz de Mateo se quebró.

“Me dijeron que lo único que tenía que hacer era conseguir que huyera. Eso es todo. Lo juro.”

Rafael avanzó hacia la oscuridad.

Gabriel lo agarró del brazo.

“Podría ser una trampa.”

Rafael se soltó.

“Tú también podrías serlo.”

Aquello silenció a su hermano.

Rafael abrió la puerta interior.

Mateo estaba solo.

Su rostro estaba cubierto de lágrimas.

No llevaba nada en las manos.

“No sabía lo de Camila”, susurró Mateo. “No sabía que iban a llevársela.”

“¿Quiénes?”

Mateo parecía aterrorizado.

“Lo llaman Señor Corona.”

Rafael sintió que la habitación se volvía más fría.

“Nombre.”

“No lo sé.”

“Entonces dame algo.”

Mateo tragó saliva.

“Dijo que su padre le robó algo.”

Rafael negó con la cabeza.

“Mi padre lleva muerto veintidós años.”

Mateo lo miró directamente.

“Eso no fue lo que él dijo.”

Rafael se quedó inmóvil.

Mateo repitió exactamente las palabras que le habían dicho.

“Dile a Rafael que su padre ha tenido veintidós años para devolverme lo que me pertenece.”

Nadie habló.

Gabriel perdió todo el color del rostro.

Rafael miró fijamente a su hermano.

“Me dijiste que papá murió.”

“Lo vi cuando lo enterraron.”

“Yo también.”

Mateo metió lentamente una mano en el bolsillo.

Gabriel se tensó.

Pero Mateo solamente sacó una fotografía.

Se la entregó a Rafael.

La imagen había sido tomada menos de un mes atrás.

Un anciano salía de una iglesia.

Cabello blanco.

Cuerpo delgado.

Un bastón en una mano.

Rafael observó el rostro del hombre.

La edad había cambiado casi todo.

Pero no sus ojos.

Conocía aquellos ojos.

Gabriel susurró.

“No.”

Rafael apenas podía respirar.

El hombre de la fotografía era Alejandro Vega.

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Su padre.

Vivo.

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