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🎬 PARTE 2: «La mujer de la estación»

La niña abrió lentamente la mano.

Dentro había una pequeña llave plateada, sujeta a una etiqueta de cartón donde alguien había escrito un número.

La novia, Isabella Morgan, reconoció la letra de inmediato.

Era la misma letra que aparecía en las antiguas tarjetas de cumpleaños que todavía guardaba en una caja.

La letra de su madre.

Isabella tomó la llave con dedos temblorosos.

“¿Quién te entregó esto?”

La niña tragó saliva.

“Una señora con un abrigo gris. Estaba sentada sola en la estación de autobuses.”

“¿Cómo era?”

“Tenía el cabello blanco y una cicatriz aquí.”

La niña señaló su propia sien izquierda.

Isabella retrocedió.

Su madre había tenido una cicatriz exactamente en aquel lugar desde que sufrió un accidente cuando era joven.

El novio, Daniel, miró la llave.

“¿Qué abre?”

La niña señaló la etiqueta.

“El casillero número ciento diecisiete.”

Un murmullo recorrió el salón.

Los invitados ya no fingían no escuchar. Algunos se habían acercado. Otros levantaban sus teléfonos.

Isabella cerró la mano alrededor de la llave.

“Vamos a la estación.”

Daniel la sujetó del brazo.

“Isabella, nuestra ceremonia todavía no ha terminado.”

Ella lo miró como si acabara de recordar que llevaba un vestido de novia.

“Mi madre podría estar viva.”

“También podría tratarse de una trampa.”

La voz vino desde el fondo del salón.

Victoria Morgan, la tía de Isabella, caminó hacia ellos con el rostro completamente pálido.

Había criado a Isabella desde la muerte de su madre. Durante once años le había repetido que el cuerpo había quedado irreconocible después del incendio y que el funeral se celebró con el ataúd cerrado.

Ahora miraba la llave como si fuera un arma.

“No debes ir”, dijo Victoria.

Isabella la observó.

“¿Por qué?”

“Porque alguien está jugando con tu dolor.”

“¿Cómo sabes que es alguien?”

Victoria abrió la boca, pero no respondió.

Daniel lo notó.

“Victoria, ¿hay algo que no nos hayas contado?”

“Por supuesto que no.”

La niña se escondió detrás de Isabella.

“Ella dijo que la mujer mala intentaría detenerte.”

Victoria perdió el color del rostro.

Isabella miró a la pequeña.

“¿La mujer del abrigo gris dijo eso?”

La niña asintió.

“Dijo que no confiaras en la persona que llevaba el broche de perla.”

Todos miraron el pecho de Victoria.

Sobre su vestido azul oscuro brillaba un antiguo broche de perla.

El silencio se volvió insoportable.

Victoria se cubrió la joya con la mano.

“Esto pertenecía a mi hermana.”

“Lo sé”, respondió Isabella. “Mamá lo llevaba la noche que murió.”

Daniel se interpuso cuando Victoria intentó acercarse.

“Nadie va a tocar a Isabella.”

Victoria respiró con dificultad.

“Ella no entiende lo que está haciendo.”

“Entonces explícaselo”, dijo Daniel.

Pero Victoria se dio la vuelta y caminó rápidamente hacia la salida lateral.

Isabella quiso seguirla.

En ese momento, el teléfono de Daniel vibró.

Había recibido una fotografía desde un número desconocido.

En la imagen aparecía una mujer sentada dentro de una cabina de la estación de autobuses. Tenía el rostro parcialmente oculto por una bufanda, pero sus ojos eran inconfundibles.

Eran los ojos de Isabella.

Debajo de la fotografía había un mensaje.

Casillero ciento diecisiete. Antes de la medianoche. No confíes en Victoria.

Isabella miró el reloj.

Eran las nueve y veinte.

Daniel tomó las llaves de su automóvil.

“Vamos.”

La niña tiró del vestido de Isabella.

“Ella dijo que yo también debía ir.”

“No”, respondió Isabella. “Esto puede ser peligroso.”

La pequeña comenzó a llorar.

“Pero ella sabe quién soy.”

Isabella se arrodilló.

“¿Qué quieres decir?”

La niña sacó del bolsillo una fotografía doblada.

Mostraba a la madre de Isabella sosteniendo a un bebé.

En la parte posterior había una fecha escrita siete años después del supuesto incendio.

Daniel tomó la imagen.

“Eso es imposible.”

La niña señaló al bebé.

“Soy yo.”

Isabella sintió que las paredes se movían.

La pequeña florista no había sido elegida por casualidad.

Su nombre era Lily.

Había llegado con una de las familias invitadas por Victoria y nadie había preguntado demasiado porque todos pensaron que era hija de una prima lejana.

Isabella miró el rostro de la niña y después la fotografía.

“¿Quién eres realmente?”

Lily comenzó a sollozar.

“No lo sé.”

Entonces se apagaron las luces del salón.

Alguien gritó.

Se oyó el sonido de una puerta cerrándose.

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Cuando la iluminación de emergencia se encendió, Victoria había desaparecido.

Y el broche de perla estaba en el suelo.

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