PARTE 2: EL NIÑO DE LA FOTOGRAFÍA

Walter pasó el pulgar por la imagen.
La fotografía estaba amarillenta.
Las cuatro esquinas se habían doblado con los años.
Una vieja marca atravesaba parte del papel.
Pero los rostros todavía podían verse.
Walter tenía treinta y cinco años.
Cabello oscuro.
Espalda fuerte.
Una sonrisa que el hombre sentado en aquella acera ya casi había olvidado.
Entre sus brazos estaba Ethan.
Cinco años.
Cabello castaño oscuro.
Ojos marrones.
Una sonrisa enorme.
Walter recordó el instante exacto en que tomaron aquella fotografía.
Habían pasado el día en un pequeño parque.
Ethan había intentado aprender a montar bicicleta.
Cayó tres veces.
La cuarta vez consiguió avanzar solo unos metros.
Walter corrió detrás de él.
Cuando el niño comprendió que su padre ya no sostenía la bicicleta, comenzó a gritar.
Pero no de miedo.
De felicidad.
Aquella noche Ethan estaba tan cansado que se quedó dormido en sus brazos.
Walter habría dado cualquier cosa por regresar a ese día.
Cualquier cosa.
Mientras observaba la fotografía, el ruido de la ciudad comenzó a desaparecer de su mente.
Ethan, entretanto, miró de nuevo hacia la acera.
No sabía por qué.
Quizá porque esperaba comprobar que el anciano había dejado de mirarlo.
Quizá porque alguna parte de él se sintió incómoda después del comentario.
Entonces vio la fotografía.
Al principio apenas prestó atención.
Un anciano mirando una foto vieja.
Nada especial.
Ethan volvió la vista hacia el frente.
Pero algo hizo que se detuviera.
Giró nuevamente.
Sus ojos se fijaron en la imagen.
Sintió que el cuerpo se le endurecía.
Había visto esa fotografía antes.
No aquella copia.
Otra.
Muchos años atrás.
Cuando tenía aproximadamente doce años, Ethan encontró una caja escondida entre las pertenencias de su madre.
Dentro había fotografías de su infancia.
En una de ellas aparecía junto a Walter.
Su padre.
La imagen era casi idéntica.
Quizá incluso pertenecía al mismo día.
Ethan había preguntado por qué las fotografías estaban escondidas.
Su madre respondió que algunas cosas era mejor olvidarlas.
Él no insistió.
Pero aquella noche guardó secretamente una fotografía.
Durante años la conservó.
Hasta que, enfadado después de cumplir dieciocho, la rompió.
Quería demostrar que Walter ya no significaba nada.
Nunca lo consiguió.
Ahora, treinta años después de la separación, una fotografía parecida estaba entre las manos de un desconocido.
Ethan entrecerró los ojos.
Observó al niño.
Cabello oscuro.
Ojos marrones.
El mismo rostro infantil que veía en sus propias fotografías.
Sintió un escalofrío.
No.
Era imposible.
Miró al hombre joven que sostenía al niño en la imagen.
Después miró al anciano.
Los años podían destruir muchas cosas.
Podían adelgazar un rostro.
Blanquear el cabello.
Curvar una espalda.
Llenar la piel de arrugas.
Pero había rasgos que sobrevivían.
Los ojos.
La forma de la nariz.
La línea de la mandíbula.
Ethan dejó de respirar durante un instante.
Walter levantó ligeramente la fotografía para verla mejor.
La imagen quedó orientada directamente hacia el automóvil.
Ethan la vio completa.
Su sonrisa desapareció.
Miró la fotografía.
Después el rostro de Walter.
Otra vez la fotografía.
Walter notó el cambio.
El hombre del convertible ya no parecía arrogante.
Parecía asustado.
Walter levantó lentamente la cabeza.
Ethan tenía la mano derecha sobre el volante.
Los dedos comenzaron a tensarse.
Quiso decir algo.
No pudo.
Durante años había imaginado qué haría si encontraba a su padre.
Pensaba que lo insultaría.
Que le exigiría respuestas.
Que le preguntaría por qué había abandonado a su hijo.
En algunas fantasías simplemente pasaba junto a Walter sin reconocerlo.
Una forma perfecta de venganza.
Ahora la realidad era diferente.
El hombre que había odiado durante tres décadas estaba sentado en una acera.
Viejo.
Hambriento.
Solo.
Y Ethan acababa de humillarlo.
Walter miró otra vez la fotografía.
Ethan observó el movimiento de su pulgar sobre el rostro del niño.
Entonces recordó algo.
Una frase.
“Cuando tengas miedo, aprieta mi mano tres veces.”
Su padre se lo decía cuando era pequeño.
Una presión significaba estoy aquí.
Dos significaban estás seguro.
Tres significaban te quiero.
Ethan sintió que la garganta se le cerraba.
Un recuerdo que creía muerto acababa de regresar con una claridad insoportable.
Walter levantó la fotografía hasta la altura de su pecho.
Ethan pudo ver mejor el rostro del niño.
Era él.
Ya no existía ninguna duda.
Sus ojos se movieron lentamente desde la fotografía hasta Walter.
El anciano también lo estaba observando.
Por primera vez, ambos parecían tener miedo de hablar.
Ethan abrió los labios.
La voz salió apenas audible.
“Esa foto... ¿Papá?”
Walter dejó de respirar.
La ciudad continuó moviéndose.
Los taxis.
Los peatones.
Los motores.
Pero para él todo desapareció.
Aquella palabra atravesó treinta años de silencio.
Papá.
Walter miró al hombre del automóvil.
No vio el traje.
No vio el reloj.
No vio el automóvil deportivo.
Buscó detrás de aquel rostro adulto.
Los ojos.
La nariz.
La forma en que inclinaba ligeramente la cabeza cuando estaba confundido.
Entonces Walter vio al niño.
Su niño.
Sus dedos comenzaron a temblar con más fuerza.
Miró la fotografía.
Después miró a Ethan.
Otra vez la fotografía.
Los labios de Walter temblaron.
“Ethan... ¿hijo mío?”
Ethan sintió que algo se rompía dentro de él.
Su mano se aflojó sobre el volante.
Los ojos comenzaron a enrojecerse.
Durante treinta años había esperado escuchar esas palabras.
Pero nunca había imaginado que las escucharía después de decirle a su propio padre que consiguiera trabajo.
Ethan tragó saliva.
“Papá...”
Walter cerró los ojos durante un segundo.
Cuando volvió a abrirlos, una lágrima descendía por su rostro.
Ninguno se movió.
No hubo abrazo.
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No hubo gritos.
Solo dos hombres mirándose desde lados completamente distintos de una vida que debería haber sido compartida.