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PARTE 1: “AHORA NADIE SALE HASTA QUE YO VEA LAS CUENTAS”

“Álvaro, sáquela de mi resort ahora mismo.”

Victoria señaló la puerta principal como si el edificio entero le perteneciera.

En el suelo de mármol, Elena levantó lentamente la cabeza.

Tenía un corte pequeño en el labio, un moretón bajo el ojo y el cabello desordenado después de que dos empleados la hubieran arrastrado varios metros por el vestíbulo.

A su alrededor, los huéspedes miraban en silencio.

Algunos grababan con el móvil.

Otros simplemente fingían no ver.

Victoria, impecable en un vestido blanco, sonrió con desprecio.

“Te advertí que aquí no podías entrar vestida así.”

Elena apoyó una mano en el suelo.

“No vine por la piscina.”

“Entonces peor todavía.”

Álvaro, el joven gerente de recepción, dio un paso hacia Elena.

“Señora, será mejor que se marche.”

Elena lo miró.

“No necesitarás echarme.”

Victoria soltó una pequeña carcajada.

“¿De verdad piensas que puedes intimidarnos?”

Elena no respondió.

Abrió lentamente la pequeña bolsa negra que había caído junto a ella.

Buscó algo.

Álvaro pensó que sacaría un documento de identidad.

Victoria pensó que intentaría llamar a alguien.

Elena sacó una pieza de metal oscuro.

Vieja.

Pesada.

Con una inscripción clara:

VIP FOUNDER.

Álvaro dejó de moverse.

“Señora… ¿de dónde ha sacado eso?”

Victoria miró la insignia.

“¿Eso?”

Sonrió.

“Es falso. Quítaselo.”

Álvaro no obedeció.

Elena se puso lentamente de rodillas.

Luego señaló con la mirada el lateral del mostrador de recepción.

Allí había una pequeña placa circular de latón que la mayoría de los empleados consideraba decoración.

El rostro de Álvaro cambió.

“No…”

Elena apoyó la insignia sobre la placa.

Un tono electrónico profundo atravesó el vestíbulo.

Las puertas de cristal se cerraron.

Las pantallas de los ascensores cambiaron a HOLD.

Los terminales de recepción pasaron a modo restringido.

Los empleados dejaron de moverse.

Victoria giró hacia la entrada.

“¿Qué demonios ocurre?”

Elena se levantó.

Su voz fue tranquila.

“Ahora nadie sale hasta que yo vea las cuentas.”

Victoria perdió el color.

Álvaro miró otra vez la insignia.

“Ese protocolo…”

Elena lo interrumpió.

“No digas nada todavía.”

Se volvió hacia Victoria.

“Quiero que todos sigan exactamente donde están.”

“No puedes hacer esto.”

“Ya lo he hecho.”

Victoria intentó mantener el control.

“Mi marido es miembro de la familia propietaria.”

“Lo sé.”

“Entonces sabes quién soy.”

Elena la miró durante varios segundos.

“La pregunta importante es si tú sabes quién soy yo.”

Silencio.

Victoria frunció el ceño.

Elena caminó hacia recepción.

“Álvaro, necesito los movimientos financieros de los últimos dieciocho meses.”

El gerente dudó.

“Solo dirección general puede acceder.”

Elena volvió a levantar la insignia.

“Hoy no.”

Victoria dio un paso adelante.

“No le des nada.”

Álvaro la miró.

Después miró a Elena.

Y por primera vez ignoró una orden de Victoria.

Abrió una carpeta del sistema.

“Hay algo raro.”

“¿Qué?”

“Varias transferencias autorizadas con código ejecutivo.”

Victoria se tensó.

Elena se acercó.

“¿A nombre de quién?”

Álvaro leyó.

“Sergio Valdés.”

Elena cerró los ojos un instante.

Sergio.

Su primo.

El marido de Victoria.

El hombre al que había confiado la administración temporal del resort mientras ella permanecía fuera de España.

“Muéstrame las cantidades.”

Álvaro giró la pantalla.

Cientos de miles de euros.

Luego millones.

Pagos hacia una empresa llamada Costa Azul Gestión Internacional.

Elena conocía el nombre.

No porque perteneciera al resort.

Sino porque aquella empresa había sido liquidada tres años antes.

“Esto no puede ser”, murmuró Álvaro.

Victoria intentó marcharse.

Las puertas no se abrieron.

Elena la observó.

“¿Tienes prisa?”

“Necesito llamar a mi marido.”

“Yo también quiero hablar con él.”

Victoria sacó el teléfono.

Elena añadió:

“Pero primero dime algo.”

Victoria se detuvo.

“¿Qué?”

“¿Por qué una empresa cerrada hace tres años está recibiendo dinero de mi resort?”

Victoria palideció.

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Y entonces comprendió que Elena no había regresado por casualidad.

Había vuelto porque ya sabía que alguien estaba robando.

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