CAPÍTULO 4: EL NOMBRE DE SU MADRE

Emma sintió que el supermercado comenzaba a girar a su alrededor.
Miró nuevamente la pantalla.
El nombre seguía allí.
Laura Brooks.
Su madre.
La mujer que llevaba meses recuperándose de una operación.
La mujer por la que Emma trabajaba seis días a la semana.
La persona por la que había aceptado cada turno adicional.
“No puede ser”, susurró.
El abogado amplió el documento.
“Laura Brooks figura como autorizada en varias transferencias.”
Emma negó con la cabeza.
“Mi madre nunca ha trabajado aquí.”
Robert observó los registros.
“¿Estás segura?”
“Completamente.”
“¿Podría haber trabajado para la empresa hace años?”
“No. Era enfermera.”
El abogado revisó otra página.
“Las transferencias comenzaron hace dieciocho meses.”
Emma sintió un nudo en el estómago.
La enfermedad de su madre había comenzado aproximadamente en la misma época.
“Alguien está usando su nombre”, dijo.
Robert no respondió inmediatamente.
Miró hacia la oficina del gerente.
“Cierren todas las salidas.”
Los miembros de seguridad se movieron de inmediato.
Las puertas automáticas dejaron de abrirse.
Los clientes comenzaron a murmurar.
Emma corrió hacia el pasillo.
“¿Dónde está Richard?”
Uno de los empleados salió de la oficina.
“No está dentro.”
“¿Cómo que no está?”
“La puerta trasera está abierta.”
Robert caminó rápidamente hasta la zona de almacenamiento.
La salida de emergencia se movía con el viento.
En el estacionamiento trasero no había nadie.
Richard había escapado.
Uno de los guardias revisó las cámaras.
La grabación mostraba al gerente saliendo con una pequeña mochila negra.
Había abandonado el edificio apenas unos segundos después de entrar en su oficina.
Robert miró a Emma.
“Necesitamos hablar con tu madre.”
Emma sacó el teléfono.
La llamó.
No respondió.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Su preocupación aumentó.
“Ella siempre contesta.”
Robert indicó a dos agentes de seguridad que prepararan un vehículo.
“Vamos a tu casa.”
Quince minutos después, cuatro automóviles negros se detuvieron frente al pequeño edificio donde Emma vivía.
Emma salió antes de que el conductor pudiera abrirle la puerta.
Subió corriendo las escaleras.
La puerta del apartamento estaba entreabierta.
“Mamá.”
No hubo respuesta.
Entró.
La sala estaba vacía.
Una taza rota permanecía en el suelo.
Una silla estaba volcada junto a la mesa.
Los medicamentos de Laura seguían allí.
También su abrigo.
Emma comenzó a respirar con dificultad.
“Mamá.”
Robert entró detrás de ella.
Revisó las habitaciones.
No había señales de Laura.
Pero sobre la mesa encontraron un sobre.
Llevaba escrito el nombre de Emma.
La joven lo abrió con las manos temblorosas.
Dentro había una fotografía antigua.
Laura aparecía mucho más joven.
A su lado estaba Richard Collins.
Ambos vestían uniformes de Maple Grocery.
Emma miró la imagen sin comprender.
“Mi madre me dijo que nunca había trabajado allí.”
Robert tomó la fotografía.
En el reverso había una fecha.
Veinte años atrás.
Y una frase escrita con tinta azul.
“Prometimos no volver a hablar de aquella noche.”
Emma sintió un escalofrío.
Debajo de la fotografía había una carta.
Emma:
Si estás leyendo esto, significa que Richard descubrió que Robert Walker compró la empresa.
Hay algo que nunca te conté.
Hace veinte años trabajé en Maple Grocery.
Richard y yo fuimos testigos de algo terrible.
Un incendio comenzó en el almacén durante el turno nocturno.
La empresa dijo que fue un accidente.
No lo fue.
Habían almacenado productos químicos ilegalmente para ahorrar dinero.
Tres empleados murieron.
Richard aceptó dinero para guardar silencio.
Yo me negué.
Entonces falsificó documentos y utilizó mi identidad para hacerme parecer responsable.
Emma dejó caer la carta.
Robert la recogió y continuó leyendo.
Durante años, Richard me amenazó.
Cuando intenté denunciarlo, dijo que destruiría tu vida.
Las transferencias llevan mi nombre porque él sigue utilizando documentos que robó.
Si algo me ocurre, busca el archivo número cuatro en el antiguo almacén.
Allí está la prueba.
Emma comenzó a llorar.
“Se llevó a mi madre.”
Robert guardó la carta.
“No sabemos eso.”
“La puerta estaba abierta. Todo está tirado.”
El teléfono de Emma vibró.
Había recibido un video.
Lo abrió.
Laura aparecía sentada dentro de un vehículo.
Tenía las manos atadas.
Richard estaba detrás de la cámara.
“Emma”, dijo él, “tu nuevo amigo millonario ha comprado una empresa llena de secretos.”
La cámara se acercó al rostro asustado de Laura.
“Dile a Walker que detenga la investigación.”
Emma apretó el teléfono.
Richard continuó:
“Y dile que destruya todos los documentos relacionados con el incendio.”
Robert se acercó para escuchar.
“Si no lo hace antes de medianoche, tu madre desaparecerá.”
El video terminó.
Emma miró el reloj.
Eran las siete y cuarenta de la tarde.
Faltaban poco más de cuatro horas.
Robert llamó inmediatamente al jefe de seguridad.
“Localicen el teléfono.”
Después miró a Emma.
“Vamos a encontrarla.”
Emma secó sus lágrimas.
“Richard mencionó el antiguo almacén.”
Robert observó la fotografía.
“Puede ser una trampa.”
“También puede ser donde tiene a mi madre.”
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez llegó una imagen.
Mostraba una puerta oxidada con un número pintado.
El número cuatro.
Debajo había un mensaje.
“Ven sola con los documentos.”
Emma levantó la vista.
Robert negó con la cabeza.
“No irás sola.”
“Si descubre que me siguen, puede hacerle daño.”
Robert se quitó lentamente la vieja chaqueta marrón.
Debajo llevaba una camisa impecable.
Su expresión ya no era la del anciano cansado que había entrado en el supermercado.
Era la del hombre capaz de movilizar a cientos de personas con una sola llamada.
“Entonces haremos que crea que estás sola.”
A las once y treinta, Emma llegó al antiguo almacén.
La lluvia golpeaba el techo de metal.
En una mano llevaba la caja con los documentos.
En la otra, los últimos billetes que quedaban de aquellos veinte dólares.
La puerta número cuatro se abrió lentamente.
Richard apareció desde la oscuridad.
Sonreía.
“Sabía que vendrías.”
Emma miró detrás de él.
Su madre estaba atada a una silla.
“Mamá.”
Laura levantó la cabeza.
“Emma, no le entregues nada.”
Richard cerró la puerta.
Después sacó un pequeño encendedor.
“Los documentos.”
Emma colocó la caja en el suelo.
“Primero libera a mi madre.”
Richard soltó una risa.
“Todavía crees que puedes negociar.”
Avanzó hacia la caja.
Pero cuando la abrió, no encontró documentos.
Solo encontró un cartón de leche vacío.
Su sonrisa desapareció.
“¿Qué significa esto?”
Emma lo miró directamente a los ojos.
“Que volvió a juzgar a la persona equivocada.”
Las luces del almacén se encendieron de golpe.
Richard se giró.
Robert Walker estaba de pie en la plataforma superior.
A su lado había agentes federales.
Cámaras.
Abogados.
Y varios supervivientes del incendio ocurrido veinte años atrás.
Robert habló con voz firme.
“Richard Collins, acaba de confesar delante de todos.”
Richard miró el encendedor que todavía sostenía.
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Después miró las salidas bloqueadas.
Por primera vez en quince años, no tenía una puerta trasera por la que escapar.