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PARTE 2. LA CARTA QUE ALGUIEN INTENTÓ DESTRUIR

Alexander ordenó a sus invitados que abandonaran el salón. Nadie protestó. La noticia de que una empleada había conseguido calmar a su hijo ya estaba circulando entre los teléfonos de los asistentes, pero el multimillonario tenía suficiente influencia para impedir que aquella noche se convirtiera inmediatamente en un escándalo público.

Cuando el último invitado salió, Alexander pidió a Elena que lo acompañara a la biblioteca.

Samuel se quedó dormido en brazos de su niñera, todavía aferrado a un pequeño pañuelo que había pertenecido a su madre.

En la biblioteca, Alexander cerró la puerta.

«Quiero que me cuentes todo lo que sabes sobre tu madre».

Elena permaneció de pie, con las manos entrelazadas.

«Mi madre murió hace seis meses. Durante toda mi infancia trabajó limpiando casas y cuidando enfermos. Nunca habló mal de nadie, pero siempre tuvo miedo de que alguien nos encontrara».

«¿Quién?».

«Nunca me lo dijo».

Elena respiró profundamente.

«Cuando era niña, me despertaba algunas noches cantando esa misma melodía. Después lloraba. Una vez le pregunté por qué estaba triste y me respondió que había prometido proteger a un niño, pero que había llegado demasiado tarde».

Alexander sintió una presión dolorosa en el pecho.

«¿Hablaba de Samuel?».

«No lo sé. Antes de morir me entregó una llave y me pidió que no la utilizara hasta que escuchara esa canción en la voz de otra persona».

Elena sacó una pequeña llave de bronce de su bolsillo.

Alexander la reconoció inmediatamente.

Era idéntica a la llave de una caja musical que Catherine guardaba sobre su tocador.

Sin decir una palabra, la tomó y subió las escaleras.

Elena lo siguió hasta el dormitorio que había pertenecido a su esposa. Alexander apenas entraba allí desde el funeral. Todo seguía exactamente como Catherine lo había dejado: los libros junto a la ventana, un frasco de perfume sobre la cómoda y una fotografía de ambos durante su luna de miel.

Detrás de un retrato, Alexander encontró una caja de madera oscura.

La llave encajó.

Dentro había varias fotografías, un sobre sellado y un pequeño grabador de voz.

Alexander abrió el sobre con las manos temblorosas.

La carta estaba escrita por Catherine.

«Mi amor, si estás leyendo esto, significa que alguien ha conseguido acercarse a nuestro hijo y que mi mayor temor podría haberse hecho realidad. No confíes en la versión que te dieron sobre Isabel. Ella no robó nada. Intentó protegernos».

Alexander siguió leyendo.

Catherine explicaba que, durante los últimos meses de su embarazo, había descubierto irregularidades en los documentos de una fundación familiar. Grandes cantidades de dinero destinadas a hospitales infantiles habían desaparecido. Cuando investigó las transferencias, encontró firmas falsificadas y una cuenta vinculada a una empresa que no existía oficialmente.

Elena observó cómo el rostro de Alexander se endurecía.

«¿Quién estaba detrás de todo esto?», preguntó.

Él continuó leyendo.

La carta no daba un nombre completo. Catherine solo había escrito que el responsable pertenecía al círculo más cercano de la familia y que conocía todos los movimientos de la casa.

En el grabador había una única pista de audio.

Alexander pulsó el botón.

La voz de Catherine llenó la habitación.

«Alex, si alguna vez escuchas esto, necesito que recuerdes algo. Samuel nació antes de lo previsto porque sufrí una complicación. Isabel estuvo conmigo durante todo el parto. Cuando me desperté, me dijo que alguien había entrado en la habitación mientras yo estaba inconsciente. No quiso explicarme más. Solo me pidió que protegiera a nuestro hijo».

La grabación terminó con un ruido brusco.

Alexander se quedó inmóvil.

Durante tres años había creído que la muerte de Catherine había sido una tragedia inevitable. Ahora descubría que su esposa había vivido aterrorizada y que alguien había manipulado las pruebas.

Pero había algo más.

En el fondo de la caja encontró una fotografía de Isabel sosteniendo a un bebé envuelto en una manta blanca. A su lado aparecía Catherine, pálida pero sonriente.

En la parte posterior había una fecha y una frase escrita a mano.

«Si algo nos sucede, la sangre recordará lo que el dinero intenta borrar».

Elena tomó la fotografía.

«Esa manta era de mi madre», susurró.

Alexander la miró.

«¿Cómo puedes estar segura?».

«Porque la conservó hasta el día de su muerte. Estaba escondida entre sus cosas. Siempre me dijo que pertenecía a un niño al que había prometido proteger».

Alexander sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, escucharon pasos apresurados en el pasillo.

Victoria apareció en la puerta sin llamar.

«Alexander, tenemos un problema. Alguien ha publicado fotografías de Elena con Samuel. Los periodistas están diciendo que contrataste a una mujer para reemplazar a Catherine».

Alexander guardó la carta.

«¿Cómo sabes lo que ocurre si acabamos de cerrar las puertas?».

Victoria vaciló durante una fracción de segundo.

«Tengo contactos en los medios».

«¿Y por qué estás tan preocupada por Elena?».

Victoria miró a la joven con desprecio.

«Porque las personas desesperadas hacen cualquier cosa por dinero. No sabemos quién es realmente».

Elena sostuvo su mirada.

«Mi madre me enseñó a no acusar a nadie sin pruebas».

Victoria se acercó hasta quedar frente a ella.

«Entonces quizá deberías explicar por qué tu madre desapareció después de robar a esta familia».

Alexander levantó la cabeza.

«Basta. Isabel no robó nada».

Victoria palideció.

Era la primera vez que Alexander defendía a la enfermera después de tantos años.

Elena aprovechó el silencio para sacar un segundo objeto de su bolsillo: una pequeña fotografía doblada.

En ella aparecía su madre junto a un hombre de traje oscuro. El rostro del hombre estaba parcialmente oculto, pero llevaba un anillo con el emblema de la familia Whitmore.

Alexander reconoció el anillo.

Pertenecía a su hermano menor, Richard.

Richard había muerto en un accidente de automóvil dos años atrás. Según la investigación, conducía solo y había perdido el control del vehículo.

Alexander nunca había relacionado su muerte con Catherine.

Hasta que Elena señaló una marca en el borde de la fotografía.

«Mi madre escribió algo detrás. No lo leí hasta después de su funeral».

Le dio la fotografía.

Alexander la giró.

Solo había una frase.

«Richard sabía quién entró en la habitación aquella noche».

En ese instante, el teléfono de Alexander vibró.

Un mensaje de un número desconocido apareció en la pantalla.

«Deja de investigar el pasado. Tu hijo no sobrevivirá a otro escándalo».

Alexander levantó la mirada hacia Victoria.

Ella ya no estaba sonriendo.

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Y por primera vez comprendió que el peligro no había desaparecido con la muerte de su esposa.

Alguien seguía vigilando cada movimiento de su familia.

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