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PARTE 1

La alfombra roja parecía una herida brillante extendida bajo las luces de la noche.

A ambos lados, cámaras, reporteros y celebridades formaban un pasillo de lujo, sonrisas falsas y perfumes caros. Los flashes explotaban sin descanso sobre vestidos de seda, trajes negros, joyas frías y rostros que habían ensayado durante horas la manera exacta de parecer naturales.

El evento se celebraba en Los Ángeles, en la entrada de un teatro privado donde esa noche se entregaban premios a las figuras más influyentes del cine independiente americano. Era una de esas noches en las que nadie iba solo por el arte. Iban por poder, por contactos, por fotografías, por rumores. Y si el rumor era lo bastante fuerte, podía destruir una carrera antes de que terminara la fiesta.

Eleanor Hayes bajó del auto negro sin prisa.

Tenía treinta y ocho años y una belleza que no necesitaba pedir permiso. Era alta, de cuerpo atlético y elegante, con el cabello oscuro cayendo en ondas suaves sobre los hombros. Su piel oliva brillaba bajo las luces, su mandíbula definida daba a su rostro una fuerza serena y sus ojos marrones parecían ver más de lo que la gente quería mostrar.

Llevaba un vestido negro de hombros descubiertos, largo, ajustado con precisión, con pequeños destellos en la tela que se movían como agua oscura cada vez que daba un paso. En su mano derecha sostenía un clutch pequeño. En el cuello, un collar de perlas discretas reflejaba cada flash como si fueran pequeñas lunas.

Los reporteros comenzaron a llamarla.

Eleanor, aquí.

Eleanor, una foto.

Eleanor, ¿cómo te sientes esta noche?

Ella no respondió. Solo sonrió con calma, levantó apenas la barbilla y avanzó.

Durante meses, los titulares habían hablado por ella.

La esposa abandonada.

La mujer que no pudo retener a su marido.

La actriz elegante que fue reemplazada por alguien más joven.

A Eleanor nunca le gustó la palabra reemplazada. Las personas no son muebles. No son vestidos que se cambian. No son copas que se dejan sobre una mesa cuando alguien encuentra una más brillante.

Pero a la prensa le encantaba la crueldad simple.

Su divorcio con Adrian Vale, productor famoso y dueño de una de las compañías audiovisuales más comentadas de Hollywood, había sido noticia durante semanas. Adrian había construido su imagen como hombre familiar, esposo devoto, empresario de mirada sensible. Luego apareció Scarlett Monroe.

Veintiocho años, vestido rojo, labios brillantes, risa fácil, ambición sin vergüenza.

Al principio Scarlett fue llamada asistente creativa. Después musa. Después nueva pareja. Y finalmente, sin que nadie lo dijera demasiado claro, la razón por la que Eleanor había salido de la casa que ella misma ayudó a construir.

Eso era lo que todos creían.

Eleanor caminaba por la alfombra roja como si no escuchara los murmullos. A su izquierda, una actriz joven susurró algo al oído de su acompañante. A su derecha, un fotógrafo bajó la cámara y volvió a levantarla con rapidez cuando Eleanor lo miró. Había expectación en el aire. No admiración pura. Algo más sucio. Esperaban una grieta. Una lágrima. Una mirada rota. Una mujer destruida intentando parecer fuerte.

Pero Eleanor no parpadeó.

Cada paso era medido. El vestido se movía con ella, la tela rozando suavemente la alfombra. Sus tacones no temblaban. Su espalda estaba recta. Su respiración era lenta. La calma, en una noche como esa, era más peligrosa que cualquier escándalo.

A unos metros, Scarlett Monroe la vio llegar.

Scarlett estaba rodeada de cámaras. Su vestido rojo tenía una abertura alta que mostraba una pierna bronceada, sus pendientes grandes se balanceaban con cada giro de cabeza y su maquillaje era tan perfecto que parecía una máscara. Sonreía demasiado. Reía demasiado. Tocaba el brazo de Adrian Vale demasiado seguido, como si necesitara recordarle a todos que él estaba con ella.

Adrian estaba a su lado, impecable en un traje oscuro. Tenía cuarenta y cinco años, cabello peinado hacia atrás, sonrisa entrenada y ojos inquietos. Desde fuera parecía tranquilo, pero Eleanor lo conocía demasiado bien. Sabía que cuando Adrian estaba nervioso, apretaba el pulgar contra el dedo índice de la mano izquierda.

Lo estaba haciendo.

Scarlett también lo notó, pero lo interpretó de otra manera. Pensó que Adrian estaba incómodo porque Eleanor había llegado. Pensó que la exesposa venía a robarle atención. Pensó que aquella era su oportunidad de demostrar, delante de todos, quién había ganado.

El primer error de Scarlett fue creer que el amor era una competencia.

El segundo fue creer que Eleanor había venido a pelear.

Cuando Eleanor estaba a pocos pasos de ellos, Scarlett se separó de Adrian y avanzó hacia el centro de la alfombra. Lo hizo con intención. No fingió casualidad. Caminó directamente hasta bloquear el paso de Eleanor, colocando una mano en la cintura, levantando una ceja y dejando que los flashes encontraran su mejor ángulo.

Los reporteros lo sintieron al instante.

Las cámaras se movieron como animales hambrientos.

Eleanor se detuvo a un metro de Scarlett.

No dio un paso atrás. No miró hacia Adrian. No se escondió detrás de una sonrisa incómoda. Solo se quedó quieta, con el clutch inmóvil en su mano derecha y los ojos fijos en la mujer que había decidido convertir una alfombra roja en un ring.

Scarlett sonrió.

Era una sonrisa hermosa y venenosa.

Vaya, te arreglaste mucho para ser una mujer abandonada.

El murmullo se apagó.

Alguien dejó de respirar cerca de las barreras.

Un flash iluminó el rostro de Eleanor en el momento exacto en que la frase cayó. Cualquier otra mujer habría mirado al suelo. Habría tragado saliva. Habría fingido no escuchar. Habría sonreído con dolor para que la prensa no pudiera usar su rostro al día siguiente.

Eleanor no hizo nada de eso.

Solo parpadeó una vez.

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Lento.

Como si Scarlett acabara de confirmar algo que ella ya sabía.

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