nexio

PARTE 3: LA MUJER QUE SUPERÓ LA PRUEBA

“Por supuesto.”

La respuesta de Adrián cayó sobre el gran salón como una piedra en un lago completamente quieto.

Emma abrió los ojos.

Las jóvenes que habían estado riéndose apenas unos minutos antes dejaron de hacerlo.

Incluso León, el anciano maestro responsable del extraño dispositivo, miró al heredero con sorpresa.

Emma fue la primera en recuperar la voz.

“¿Por supuesto?”

Adrián sonrió.

“Acabas de preguntarme si ahora tengo que casarme contigo.”

“Era una pregunta.”

“Y yo te he dado una respuesta.”

Algunas candidatas comenzaron a murmurar.

Emma salió lentamente del dispositivo.

“No.”

Ahora fue Adrián quien pareció sorprendido.

“¿No?”

“No voy a casarme con usted.”

El silencio se volvió todavía más profundo.

Nadie recordaba que una mujer hubiera rechazado públicamente al heredero.

Uno de los consejeros dio un paso adelante.

“Señorita, quizá no comprende con quién está hablando.”

Emma lo miró.

“Lo comprendo perfectamente.”

Luego volvió sus ojos hacia Adrián.

“Pero él no sabe nada sobre mí.”

Adrián dejó de sonreír.

Emma continuó.

“Conoce la posición de mis rodillas. Conoce la estructura de mis pies. Sabe cómo distribuyo mi peso al estar de pie.”

Señaló el dispositivo.

“Pero no sabe qué me hace reír, qué me enfurece, qué temo ni qué clase de vida quiero.”

Nadie dijo una palabra.

“Así que no”, concluyó Emma. “Superar una prueba no significa que deba convertirme automáticamente en su esposa.”

Adrián la observó durante varios segundos.

Entonces hizo algo inesperado.

Se inclinó ligeramente ante ella.

“Tienes razón.”

Los consejeros casi dejaron de respirar.

Emma también quedó desconcertada.

Adrián se volvió hacia los demás.

“La selección ha terminado.”

Un murmullo recorrió el salón.

“¿Su alteza?”

“Dije que ha terminado.”

Una de las candidatas protestó.

“¡Pero ella solo tuvo suerte!”

Adrián la miró.

“Entonces deberías alegrarte de no tener que casarte con un hombre que elige esposa por suerte.”

La joven enrojeció.

Emma intentó marcharse, pero Adrián habló de nuevo.

“Señorita Emma.”

Ella se detuvo.

“No te pediré que te cases conmigo.”

Emma giró lentamente.

“Pero sí te pediré algo.”

“¿Qué?”

“Permíteme conocerte.”

Emma casi sonrió.

“¿Eso también forma parte de la prueba?”

“No.”

Adrián miró el extraño dispositivo.

“Creo que ya hemos tenido suficientes pruebas.”

Durante las semanas siguientes, el palacio esperaba un romance de cuento de hadas.

No ocurrió.

Emma no se mudó al palacio.

No aceptó joyas.

No permitió que los sastres reales reemplazaran sus vestidos.

Y, para sorpresa de Adrián, tampoco parecía impresionada por su título.

Cuando él intentaba enviar un carruaje, Emma llegaba caminando.

Cuando ordenaba preparar una cena para cincuenta personas, ella preguntaba por qué necesitaban cincuenta platos para dos personas.

Y cuando Adrián intentó regalarle un collar de diamantes, Emma lo sostuvo durante cinco segundos antes de devolvérselo.

“¿No te gusta?”

“Es hermoso.”

“Entonces quédatelo.”

Emma negó con la cabeza.

“Mi madre necesita reparar el techo de su casa.”

Adrián respondió inmediatamente:

“Mandaré repararlo.”

“No.”

“¿Por qué?”

“Porque ese es exactamente el problema.”

Adrián frunció el ceño.

Emma dejó el collar sobre la mesa.

“Usted cree que cada problema puede desaparecer dando una orden.”

“Soy el heredero.”

“Precisamente.”

Adrián la miró durante un largo momento.

Nadie le hablaba así.

Por alguna razón, cada vez le gustaba más.

Pero Emma escondía algo.

Adrián lo descubrió cuando decidió visitar su pueblo sin anunciarlo.

La casa de Emma era pequeña.

Su madre cosía ropa para otras familias.

Su padre había muerto años atrás.

Pero lo que más llamó la atención de Adrián fue un niño de unos ocho años sentado junto a la ventana.

Tenía las piernas cubiertas por una manta.

Emma estaba arrodillada frente a él ayudándolo a ponerse unas férulas.

El heredero se quedó inmóvil.

Emma levantó la mirada.

“¿Qué hace aquí?”

“Quería conocerte fuera del palacio.”

El niño miró a Adrián con curiosidad.

“¿Es él?”

Emma suspiró.

“Sí, Mateo. Es él.”

Adrián se acercó.

“¿Tu hermano?”

Emma asintió.

Mateo había nacido con una enfermedad que afectaba sus articulaciones.

Podía caminar distancias cortas, pero algunos días el dolor se lo impedía.

Entonces Adrián comprendió algo.

“¿Tú sabías lo que medía el dispositivo?”

Emma negó con la cabeza.

“No.”

“Pero conocías enfermedades articulares.”

“Llevo ocho años acompañando a Mateo a médicos.”

Adrián miró al niño.

Por primera vez, sintió vergüenza por aquella prueba.

Durante cuatro años había examinado a cientos de mujeres buscando una combinación física que redujera un riesgo para sus futuros hijos.

Y delante de él estaba una familia que llevaba años viviendo con una realidad parecida.

Emma notó su expresión.

“No lo mire con lástima.”

Adrián levantó los ojos.

“No lo hago.”

“Todo el mundo lo hace.”

Mateo intervino.

“Yo sí acepto lástima si viene con pastel.”

Adrián soltó una carcajada.

Emma intentó contenerse, pero terminó riéndose también.

Aquella tarde cambió algo entre ellos.

Adrián comenzó a visitar el pueblo sin séquito.

Conoció a la madre de Emma.

Ayudó a Mateo a construir un pequeño barco de madera.

Escuchó historias que nunca llegaban a los salones del palacio.

Historias sobre familias que debían viajar durante días para consultar a un médico.

Sobre niños que no recibían tratamiento porque sus padres no podían pagarlo.

Sobre personas que eran juzgadas por sus cuerpos antes de que alguien conociera sus nombres.

Y Emma comenzó a descubrir algo sobre Adrián.

No era el hombre superficial que todos creían.

Pero había permitido que el reino creyera que lo era.

Una noche, mientras caminaban por el jardín del palacio, Emma preguntó:

“¿Por qué nunca explicó la verdadera razón de la prueba?”

Adrián tardó en responder.

“Porque tenía miedo.”

Emma lo miró sorprendida.

“¿De qué?”

“De tener hijos que sufrieran por algo que yo les transmitiera.”

“Eso no responde mi pregunta.”

Adrián bajó la mirada.

“Tenía miedo de que las candidatas manipularan la prueba.”

Emma negó lentamente.

“No. Tenía miedo de contarles su enfermedad.”

Adrián se detuvo.

Ella había encontrado exactamente la herida que él escondía.

“Un rey puede admitir miedo”, dijo Emma.

“Todavía no soy rey.”

“Entonces apréndalo antes de serlo.”

Adrián sonrió débilmente.

“¿Siempre eres así?”

“¿Así cómo?”

“Terriblemente directa.”

“Solo cuando alguien necesita escuchar algo.”

Él iba a responder cuando León apareció al final del jardín.

El anciano maestro parecía preocupado.

“Su alteza, necesito hablar con usted.”

“¿Ahora?”

“Ahora.”

Adrián siguió a León hasta su taller.

Sobre la mesa estaban los registros de cuatro años de pruebas.

León cerró la puerta.

“He revisado los resultados de Emma.”

“Ya sé que son compatibles.”

“No me refiero a eso.”

León colocó dos hojas una al lado de la otra.

Una pertenecía a Emma.

La otra tenía diecinueve meses de antigüedad.

Los números eran casi idénticos.

Adrián frunció el ceño.

“Dijiste que Emma era la primera coincidencia.”

León tragó saliva.

“Eso creía.”

“¿Quién es la otra?”

El maestro permaneció en silencio.

Adrián golpeó suavemente la mesa con los dedos.

“León.”

El anciano levantó la mirada.

“Hubo otra candidata.”

“¿Y qué ocurrió con ella?”

“Superó la prueba.”

Adrián sintió un frío extraño.

“Entonces, ¿por qué nunca me lo dijeron?”

León empujó hacia él el antiguo registro.

En la parte inferior había una orden oficial.

Adrián reconoció inmediatamente el sello.

Era del Consejo Real.

“La eliminaron de la selección”, susurró León.

“¿Por qué?”

“Porque era pobre.”

May you like

Adrián levantó lentamente la mirada.

Y por primera vez comprendió que durante cuatro años alguien había estado manipulando su búsqueda.

Related Stories

Other posts