EL MONSTRUO QUE ACECHABA BAJO LA BAHÍA

EL MONSTRUO QUE ACECHABA BAJO LA BAHÍA
PARTE 1. LA ESTELA QUE NADIE PODÍA EXPLICAR
La primera señal apareció a las 5:17 de la mañana, cuando el cielo todavía tenía el color de una herida y la niebla cubría los pinos que rodeaban la bahía de Blackwater, en la costa norte de Estados Unidos.
Ethan Cole, un pescador de cincuenta y ocho años, llevaba más de treinta años saliendo al agua antes del amanecer. Conocía las corrientes, distinguía una tormenta por el olor del viento y podía reconocer la aproximación de una lancha sin necesidad de levantar la cabeza.
Sin embargo, aquella mañana vio algo que no encajaba con ninguna de las cosas que había aprendido.
Una línea de espuma blanca avanzaba sobre el agua oscura.
Era demasiado larga para proceder de una lancha y demasiado rápida para ser una corriente natural. Se extendía desde el extremo más profundo de la bahía hasta las jaulas flotantes donde Ethan criaba truchas. El agua a ambos lados permanecía inmóvil, como si aquella estela estuviera cortando la superficie de un lago congelado.
Ethan dejó la taza de café sobre la barandilla.
Su pequeña cabaña de madera se encontraba al final de un viejo muelle, lejos del pueblo más cercano. A unos metros, las jaulas de peces se balanceaban suavemente. Detrás de ellas, los árboles formaban una muralla verde y negra que parecía no haber cambiado en cien años.
Entonces escuchó un sonido.
Tres golpes profundos bajo el agua.
Bum.
Bum.
Bum.
No eran golpes contra el muelle. El sonido provenía de las profundidades y vibraba a través de las tablas hasta llegar a sus botas.
Ethan se agachó y apoyó una mano sobre la madera.
La superficie volvió a quedarse quieta.
Ni una burbuja. Ni una onda. Ni siquiera el movimiento de un pez.
Sacó el teléfono y llamó a su vecino, Walter Briggs, un antiguo guardabosques que vivía al otro lado de la bahía.
Walter contestó después de varios tonos.
«¿Qué quieres a estas horas, Ethan?».
«¿Has visto algo extraño en el agua?».
Al otro lado hubo un silencio.
«¿Qué clase de extraño?».
Ethan observó la estela blanca, que acababa de desaparecer.
«Como si algo enorme estuviera nadando justo debajo de la superficie».
Walter dejó de respirar durante un instante. Ethan lo notó porque conocía demasiado bien la manera en que aquel hombre guardaba silencio cuando tenía miedo.
«Escúchame», respondió finalmente Walter. «Métete en la cabaña. Cierra la puerta y no salgas hasta que amanezca por completo».
«Ya está amaneciendo».
«Entonces no salgas hasta que yo llegue».
La llamada terminó.
Ethan se quedó mirando el teléfono. Walter nunca había sido un hombre supersticioso. Había pasado décadas rescatando excursionistas, enfrentándose a osos y patrullando bosques donde otros no se atrevían a entrar. Si alguien podía distinguir un peligro real de una historia inventada, era él.
Ethan levantó la mirada hacia las jaulas.
Una de ellas acababa de hundirse varios centímetros.
Después volvió a subir.
Algo había golpeado su parte inferior.
Se acercó lentamente, agarrándose a la barandilla. En el agua, los peces nadaban frenéticamente en círculos, golpeando las redes con sus cuerpos plateados. Algunos saltaban fuera de la superficie y caían sobre la plataforma de madera, retorciéndose.
Ethan conocía ese comportamiento. Lo había visto durante tormentas eléctricas y ataques de depredadores pequeños.
Pero nunca había visto a cientos de peces reaccionar al mismo tiempo.
Entonces apareció una sombra.
No tenía una forma reconocible. Era una masa oscura, mucho más larga que su embarcación, que se desplazaba debajo de las jaulas sin producir un solo chapoteo.
Ethan retrocedió.
La sombra se detuvo justo bajo sus pies.
Por primera vez en décadas, sintió que el agua estaba observándolo.
Corrió hacia la cabaña, pero antes de alcanzar la puerta escuchó un crujido a su espalda. Una de las cadenas que sujetaban las jaulas acababa de romperse.
La estructura flotante giró bruscamente.
Una enorme ola surgió desde abajo y la lanzó contra el muelle. La madera tembló. Una caja de herramientas cayó al agua. Los peces cubrieron las tablas como monedas vivas.
Ethan se aferró a la puerta.
A unos treinta metros, el agua comenzó a levantarse en dos paredes paralelas, como si un tren invisible estuviera atravesando la bahía.
Y entonces oyó algo más.
Un rugido grave que no parecía proceder de una garganta, sino de las profundidades de la tierra.
Ethan entró en la cabaña y cerró la puerta de golpe.
A través de la ventana vio cómo la estela se dirigía directamente hacia él.
No había embarcaciones en el agua.
No había tormenta.
Y aquello no estaba huyendo de nada.
Aquello estaba cazando.
Cuando el teléfono volvió a sonar, Ethan respondió sin apartar los ojos de la ventana.
Walter gritaba al otro lado.
«¡Ethan, escucha! ¡He encontrado algo en los archivos del antiguo puesto de vigilancia!».
«¿Qué cosa?».
«Una fotografía de hace treinta y dos años. Hay una criatura en el agua, detrás de una embarcación destruida. Y en el reverso alguien escribió que no debían volver a alimentar lo que vivía en la bahía».
Ethan sintió que se le helaba la sangre.
«¿Alimentar? ¿De qué estás hablando?».
Walter no respondió inmediatamente.
Se escuchó el ruido de un motor, seguido por un golpe seco.
Después, la voz del anciano se convirtió en un susurro.
«Ethan, creo que no está aquí por los peces».
La llamada se interrumpió.
En ese instante, algo golpeó la pared exterior de la cabaña.
Una vez.
Dos veces.
La tercera sacudida hizo caer un cuadro de la pared.
Ethan miró hacia abajo y descubrió que, bajo el suelo, el agua había comenzado a entrar por las rendijas.
Entonces comprendió algo mucho peor que la posibilidad de estar frente a un animal desconocido.
La criatura no había aparecido aquella mañana.
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Llevaba mucho tiempo allí.
Y acababa de descubrir que él seguía vivo.