Capítulo 2: EL NOMBRE QUE SAMIR QUERÍA ENTERRAR

Elena no apartó los ojos de Samir.
El hombre que hacía apenas unos minutos se había burlado de ella delante de todo el salón ahora parecía desear una sola cosa.
Que permaneciera en silencio.
“Canta”, había ordenado primero.
Ahora decía exactamente lo contrario.
“No termines esa canción.”
Elena sintió un escalofrío.
“¿Por qué?”
Samir miró alrededor.
Ya no veía invitados.
Veía testigos.
Mateo Ferrer se levantó lentamente de su silla.
“Samir, creo que ya es hora de que expliques qué está pasando.”
Samir ni siquiera lo miró.
Sus ojos permanecieron clavados en Elena.
“Tu madre te dijo que nunca la terminaras, ¿verdad?”
Elena sintió que algo frío le recorría la espalda.
Nunca había mencionado aquella advertencia.
“¿Cómo sabe eso?”
Samir apretó la mandíbula.
No respondió.
Elena dejó la bandeja sobre la mesa.
Por primera vez desde que había comenzado a trabajar en aquel hotel, no le importó que la jefa de sala pudiera despedirla.
No le importaron los invitados.
Ni las copas.
Ni el dinero.
Solo quería una respuesta.
“Mi madre murió sin contarme la verdad.”
Samir bajó la mirada.
“Tal vez intentaba protegerte.”
“¿De quién?”
Silencio.
Elena señaló el anillo de su mano.
“¿De usted?”
La pregunta golpeó a Samir.
Antes de que respondiera, una voz surgió desde otra mesa.
“Canta.”
Todos giraron.
Una mujer de unos setenta años estaba de pie.
Vestido azul oscuro.
Cabello plateado.
Una expresión de absoluto terror.
Samir se levantó.
“Leila.”
La mujer ignoró la advertencia.
Miró directamente a Elena.
“Canta la primera parte.”
“Leila, siéntate.”
“No.”
La voz de la mujer temblaba.
“He esperado treinta años para escucharla otra vez.”
Elena sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Samir dio un paso hacia ella.
“No tienes idea de lo que estás haciendo.”
Mateo se interpuso.
“Ella decidirá.”
Samir lo miró con furia.
“Esto no te concierne.”
“Está ocurriendo en mi hotel y delante de mis empleados. Ahora sí me concierne.”
Por primera vez aquella noche, Elena agradeció que Mateo estuviera allí.
Respiró profundamente.
Y cantó.
Muy bajo.
“Ya layl… ya ein…”
Leila se llevó ambas manos a la boca.
Elena continuó con las pocas palabras que recordaba de su infancia.
Una melodía lenta.
Triste.
Su madre la cantaba cuando creía que Elena dormía.
Antes de llegar a la última frase, Samir golpeó la mesa.
“¡Basta!”
Elena se detuvo.
Leila estaba llorando.
“No puede ser.”
“¿Qué?”, preguntó Elena.
La mujer se acercó.
“Esa canción no era popular. Nunca estuvo grabada. Nunca se cantó fuera de nuestra casa.”
Samir cerró los ojos.
Leila continuó:
“La escribió mi hermana.”
“¿Su hermana?”
“Amina Al Mansur.”
El nombre cayó sobre Elena como una piedra.
Lo había escuchado antes.
No una vez.
Muchas.
Clara pronunciaba ese nombre mientras dormía.
A veces llorando.
A veces pidiendo perdón.
“Amina era mi hermana de alma”, había dicho alguna vez.
Pero Elena siempre había creído que hablaba de una antigua amiga.
“¿Quién era Amina?”, preguntó.
Samir respondió antes que Leila.
“Alguien que murió hace mucho tiempo.”
Leila se volvió hacia él.
“Deja de mentir.”
El rostro de Samir se endureció.
“Cuidado.”
“No me queda nada que proteger.”
Leila miró a Elena.
“Amina era la hija mayor de Faisal Al Mansur.”
Varias personas del salón comenzaron a murmurar.
El apellido era conocido.
Una de las familias empresariales más poderosas del Golfo.
Hoteles.
Puertos.
Constructoras.
Fondos de inversión.
“Según la versión oficial”, continuó Leila, “Amina murió sin dejar hijos.”
Elena sintió que sus dedos se cerraban alrededor de la medalla que llevaba escondida bajo la camisa.
“¿Y no fue así?”
Leila miró a Samir.
“No.”
El silencio fue inmediato.
“Amina tuvo una hija.”
Samir se levantó de golpe.
“Leila.”
Pero ella continuó.
“Una niña de ojos claros.”
Elena sintió que le faltaba el aire.
Mateo la sostuvo ligeramente por el brazo.
“¿Está bien?”
Elena apenas lo escuchó.
“¿Qué ocurrió con esa niña?”
Leila tragó saliva.
“Desapareció la misma semana en que desapareció Amina.”
Elena negó lentamente con la cabeza.
“Mi madre era Clara Martín.”
“Clara no era tu madre.”
El mundo pareció detenerse.
Elena retrocedió.
“No.”
“Era la persona en quien Amina más confiaba.”
“No.”
“Elena…”
“¡No!”
Su voz resonó por todo el salón.
Durante treinta años había llamado mamá a Clara.
Había estado junto a su cama cuando murió.
Había sostenido su mano.
Había pagado medicamentos que no podía permitirse.
Había escuchado sus últimas palabras.
Nadie podía quitarle aquello.
Leila comprendió su reacción.
“No estoy diciendo que Clara no fuera tu madre. Te crio. Te protegió. Te amó. Pero no fue quien te dio a luz.”
Elena miró a Samir.
Él permanecía completamente inmóvil.
Entonces algo encajó.
“Usted sabía que Clara estaba muerta.”
Samir no respondió.
“Sabía la canción.”
Silencio.
“Sabía que ella me había advertido que no la terminara.”
Samir apartó la mirada.
Elena dio un paso hacia él.
“Usted sabía que yo existía.”
Mateo también comprendió.
“Samir.”
El hombre apretó los puños.
“Yo no sabía que era ella.”
“Mentira”, respondió Elena.
Samir la miró.
“Cuando te vi esta noche pensé que eras una coincidencia.”
“Por eso me pidió cantar.”
La expresión de Samir lo confirmó.
No había querido humillar únicamente a una camarera.
La estaba probando.
Elena sintió náuseas.
“Quería saber cuánto sabía.”
Samir no negó nada.
Mateo sacó su teléfono.
“Seguridad viene en camino.”
“No llames a nadie”, dijo Samir.
“Demasiado tarde.”
Dos empleados cerraron discretamente las puertas del salón.
Entonces Leila observó la medalla de Elena.
“¿Dónde conseguiste eso?”
“Clara me la dio.”
“Déjame verla.”
Elena dudó antes de sacar la cadena.
La media luna rodeada por tres líneas curvas apareció bajo las luces.
Leila comenzó a llorar.
“Era de Amina.”
Samir retrocedió.
Elena lo vio.
Aquella reacción era diferente.
No era sorpresa.
Era miedo.
Leila tomó la medalla con delicadeza.
“Hay algo dentro.”
Elena frunció el ceño.
“¿Dentro?”
Leila presionó una pequeña hendidura del borde.
La medalla se abrió.
Elena nunca había sabido que podía hacerlo.
En el interior había una diminuta pieza de papel doblada varias veces.
Samir se lanzó hacia ellas.
Mateo lo detuvo.
“¡No la abras!”, gritó Samir.
Demasiado tarde.
Elena desplegó el papel.
Solo había una dirección.
Una calle de Madrid.
Y cuatro números.
Leila la reconoció inmediatamente.
“Es una caja de seguridad.”
“¿Cómo lo sabe?”
“Porque Clara y Amina usaban el mismo sistema cuando necesitaban ocultar documentos.”
Samir respiraba rápidamente.
Elena lo miró.
“¿Qué hay allí?”
“Nada.”
“Entonces no tendrá problema en que vayamos.”
Samir no respondió.
A la mañana siguiente, Elena, Mateo, Leila y dos abogados llegaron a una antigua oficina bancaria del centro de Madrid.
La caja llevaba veintinueve años sin abrirse.
Clara había pagado su mantenimiento hasta pocos meses antes de morir.
Dentro encontraron tres cosas.
Una fotografía.
Un certificado de nacimiento.
Y una cinta de audio.
Elena tomó primero la fotografía.
Aparecía Clara.
Mucho más joven.
A su lado había una mujer de cabello oscuro sosteniendo a un bebé.
La mujer llevaba la misma medalla de luna negra.
En el reverso había una fecha.
Y un nombre.
“Elena Amina Al Mansur.”
A Elena le temblaron las piernas.
Mateo tomó el certificado.
Su rostro cambió.
“Hay algo más.”
Elena lo miró.
En la casilla correspondiente a la madre aparecía:
Amina Faisal Al Mansur.
Y debajo, en la sección de testigos, había una firma.
Samir Al Mansur.
Elena sintió que el aire desaparecía.
“Él estuvo allí.”
Leila cerró los ojos.
“Sí.”
Mateo colocó la cinta en el antiguo reproductor que el banco había preparado.
Primero se escuchó ruido.
Después una voz.
Clara.
“Elena, si estás escuchando esto, significa que ya encontraste a los Al Mansur.”
Elena comenzó a llorar.
“Perdóname por mentirte. Lo hice porque se lo prometí a tu madre.”
Una pausa.
“Pero hay algo que debes saber antes de confiar en cualquiera.”
El sonido se distorsionó.
Después Clara pronunció una última frase.
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“Si Samir está contigo cuando escuches esto… aléjate de él.”
Y la cinta terminó.