PARTE 2: EL SEGUNDO RETRATO

Seis meses después de aquella cena, el nombre de Elena Morales ya no era desconocido.
Su retrato de Alejandro ocupaba una sala especial en una exposición dedicada a artistas olvidados. La placa situada junto al cuadro no mencionaba a Gabriel Valdés como autor. Solo decía:
Elena Morales.
Retrato de Alejandro Vega.
Cada vez que Alejandro veía aquellas palabras sentía algo extraño en el pecho.
Orgullo.
Vergüenza.
Y una deuda que sabía que nunca podría pagar por completo.
Lucía trabajaba ahora en el equipo de restauración encargado de estudiar las obras recuperadas del almacén de Esteban. Había aceptado la beca, pero había rechazado cualquier trato especial.
“No quiero que me den un puesto porque usted se sienta culpable”, le había dicho a Alejandro.
“Entonces demuéstrales que te lo mereces.”
Eso había hecho.
En pocos meses, Lucía se había convertido en una de las asistentes más observadoras del taller.
Veía cosas que otros pasaban por alto.
Una pincelada demasiado nueva.
Una firma colocada sobre barniz antiguo.
Una tela cortada y reutilizada.
Alejandro ya había aprendido a no burlarse cuando Lucía se quedaba mirando demasiado tiempo un detalle.
Una tarde de noviembre, ella lo llamó.
“Necesito que venga.”
“¿Ha ocurrido algo?”
“Creo que sí.”
“¿Con el retrato?”
Hubo un silencio.
“No exactamente.”
Alejandro llegó al taller cuarenta minutos después.
Lucía estaba sola frente a una mesa iluminada.
Sobre ella había una pequeña pintura cubierta parcialmente por papel protector.
Alejandro la reconoció.
Era una de las piezas confiscadas del almacén de Esteban.
Un retrato de una mujer joven, atribuido durante años a Gabriel Valdés.
No parecía especialmente importante.
Su valor estimado era de apenas ochenta mil euros.
“¿Qué tiene de extraño?”, preguntó Alejandro.
Lucía no respondió.
Le entregó una lupa.
“Observe la mano izquierda.”
Alejandro se inclinó.
La mujer retratada sostenía un libro.
En uno de sus dedos había un anillo.
Sobre el metal aparecía una media luna.
Alejandro levantó la cabeza.
“No puede ser.”
“Eso pensé.”
“¿Tu madre pintó esto?”
“No lo sé.”
Lucía colocó junto al cuadro una fotografía ampliada del retrato auténtico de Alejandro.
La pincelada era distinta a simple vista.
Pero bajo aumento aparecían pequeñas semejanzas.
La forma de iluminar los nudillos.
La sombra rojiza bajo las uñas.
La manera de dejar una línea casi invisible de color más cálido alrededor de los ojos.
“Mi madre hacía eso”, dijo Lucía.
“¿Estás segura?”
“Crecí viendo sus dibujos.”
Alejandro miró otra vez el cuadro.
“Entonces Valdés no robó una sola obra.”
Lucía permaneció en silencio.
Aquello era exactamente lo que temía.
Esa misma noche visitaron a Elena.
Estaba sentada cerca de una ventana, dibujando flores con un lápiz azul.
Su memoria había mejorado ligeramente desde la aparición del retrato, pero seguía llegando en fragmentos.
Había días en los que reconocía a Alejandro inmediatamente.
Otros en los que le preguntaba su nombre tres veces.
Lucía colocó una reproducción de la pintura delante de ella.
“Mamá, ¿conoces a esta mujer?”
Elena miró la imagen.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Después dejó caer el lápiz.
Lucía se inclinó hacia ella.
“¿Mamá?”
Elena tocó con un dedo el anillo pintado.
“La luna.”
Lucía miró a Alejandro.
“¿La pintaste tú?”
Elena no respondió.
Su respiración se aceleró.
Alejandro se arrodilló junto a la silla.
“Elena, no pasa nada. No tienes que recordar.”
Pero ella levantó la cabeza.
Sus ojos ya no parecían perdidos.
Parecían aterrorizados.
“Él no compraba cuadros”, susurró.
Lucía sintió frío.
“¿Quién?”
“Valdés.”
Alejandro se acercó.
“¿Qué hacía?”
Elena apretó las manos.
“Compraba nombres.”
Ninguno de los dos entendió.
“¿Nombres?”, preguntó Lucía.
Elena señaló la fotografía.
“Jóvenes. Pobres. Nadie los conocía.”
Su voz temblaba.
“Les pagaba. Les prometía galerías. Exposiciones. Dinero.”
“¿Y después?”
Elena cerró los ojos.
“Después sus nombres desaparecían.”
Lucía dejó de respirar.
Alejandro recordó el contrato encontrado detrás de su retrato.
Valdés había comprado la pintura de Elena para presentarla como propia.
Pero tal vez aquello no había sido una excepción.
Tal vez había sido un sistema.
“¿Cuántos?”, preguntó Alejandro.
Elena abrió los ojos.
“No sé.”
“¿Diez?”
No respondió.
“¿Veinte?”
Elena empezó a llorar.
“Más.”
Lucía tomó la mano de su madre.
“Mamá, mírame.”
Elena lo hizo.
“¿Guardaste pruebas?”
Aquella pregunta cambió algo en su expresión.
Por primera vez, apareció una sombra de la mujer que había sido antes del incendio.
Una artista.
Una mujer que sabía exactamente lo que hacía.
“Sí.”
Alejandro se incorporó.
“¿Dónde?”
Elena miró hacia él.
“Donde empezó.”
Tres días después, Lucía y Alejandro regresaron a Lavapiés.
El edificio donde había estado el antiguo estudio de Elena seguía en pie, aunque ahora la planta baja era una tienda y los pisos superiores habían sido reformados.
Alejandro recordaba la escalera.
Recordaba el olor a pintura.
Recordaba llegar con la camisa remendada y sentirse avergonzado porque no tenía otra.
El actual propietario les permitió revisar el antiguo espacio del estudio.
No encontraron nada.
Ni cartas.
Ni cuadros.
Ni cajas.
Después de dos horas, Alejandro empezó a pensar que Elena había confundido recuerdos.
Lucía no.
Se quedó mirando el suelo.
“Mi madre siempre odiaba guardar cosas cerca de las ventanas.”
“¿Por qué?”
“Decía que el sol destruía papel.”
Se arrodilló junto a una vieja columna.
El piso había sido reemplazado alrededor de ella, pero una pequeña franja de madera parecía mucho más antigua.
Lucía golpeó con los nudillos.
Hueco.
Alejandro la ayudó a levantar la tabla.
Debajo había una caja metálica ennegrecida por el fuego.
Lucía se quedó inmóvil.
Dentro encontraron cuadernos, fotografías, contratos y decenas de negativos.
Cada carpeta tenía un nombre.
Pintores.
Ilustradores.
Escultores.
Jóvenes artistas que nunca habían alcanzado fama.
Alejandro reconoció varios cuadros por las fotografías.
Había visto aquellas obras en museos.
En colecciones privadas.
Incluso en casas de amigos.
Todas estaban atribuidas a Gabriel Valdés.
Lucía tomó uno de los contratos.
“Esto puede cambiar su legado entero.”
Alejandro abrió otra carpeta.
Entonces se quedó quieto.
“Lucía.”
Ella levantó la cabeza.
Alejandro sostenía una fotografía.
En ella aparecía Elena junto a otra mujer delante de un enorme lienzo aún sin terminar.
La segunda mujer era muy joven.
Rubia.
Sonreía hacia la cámara.
En la parte posterior había un nombre escrito a mano.
Clara Ibáñez.
Lucía frunció el ceño.
“La conservadora del museo.”
Alejandro sintió que algo se hundía dentro de él.
Clara había estado en su ático aquella noche.
Había sido la primera experta en declarar que el cuadro era falso.
Había ayudado a fotografiar las pruebas.
Había colaborado con la investigación contra Esteban.
Lucía tomó otra fotografía.
Después otra.
En todas aparecía Clara.
No como conservadora.
Como pintora.
“Ella también fue una de ellas”, susurró Lucía.
Alejandro miró el último documento de la carpeta.
Era diferente.
No era un contrato de compra.
Era una declaración firmada años después.
Clara había aceptado guardar silencio sobre el sistema de Valdés a cambio de un puesto dentro de una institución importante.
Lucía palideció.
“Ella sabía.”
Alejandro sacó su teléfono.
“Tenemos que llamar al abogado.”
Antes de que pudiera marcar, escucharon pasos en la escalera.
Lentos.
Firmes.
Alguien acababa de entrar en el antiguo estudio.
Lucía cerró rápidamente la caja.
Alejandro se colocó delante de ella.
Los pasos se detuvieron al otro lado de la puerta.
Entonces una voz conocida habló desde el pasillo.
“Deberían haber dejado que Elena olvidara.”
Lucía levantó lentamente la mirada.
Alejandro reconoció aquella voz.
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Clara Ibáñez estaba al otro lado de la puerta.
Y ya sabía que habían encontrado la caja.