PARTE 2: EL SECRETO QUE LA CORONA HABÍA OCULTADO

La selección real había terminado.
O al menos, eso era lo que todos creían.
Las puertas del gran salón permanecían cerradas mientras los invitados seguían mirando la plataforma dorada.
Nadie se atrevía a marcharse.
Nadie quería perderse lo que estaba a punto de suceder.
Clara seguía de pie en el centro de la plataforma.
La pequeña corona dorada permanecía entre sus pies.
Julian estaba frente a ella.
Pero ahora su expresión había cambiado.
Ya no parecía un príncipe que acababa de encontrar a la mujer que buscaba.
Parecía un hombre que acababa de descubrir algo que llevaba años esperando.
El maestro Henry se acercó lentamente.
Miró la corona.
Luego miró a Clara.
“Su Alteza, tenemos que hablar en privado.”
Julian no apartó los ojos de Clara.
“¿Por qué?”
Henry tragó saliva.
“Porque la última vez que esa corona apareció…”
Se quedó en silencio.
Julian finalmente lo miró.
“Termina la frase.”
El anciano respiró profundamente.
“Fue hace veintidós años.”
El salón quedó en completo silencio.
Clara frunció el ceño.
“¿Qué ocurrió hace veintidós años?”
Nadie respondió.
Julian bajó la mirada hacia la pequeña corona.
Entonces ocurrió algo todavía más extraño.
Una diminuta luz apareció en el centro de la corona.
La plataforma comenzó a emitir un suave sonido metálico.
Los pesos dorados alrededor del borde se movieron nuevamente.
Pero esta vez no se dirigieron hacia Clara.
Se alinearon formando un círculo perfecto.
Henry palideció.
“Eso no debería estar sucediendo.”
Julian preguntó:
“¿Qué significa?”
Henry señaló una pequeña inscripción que acababa de aparecer debajo de la corona.
Clara se inclinó para verla.
Solo había una palabra.
“Equilibrio.”
Pero debajo de ella había otra línea.
“Herencia de sangre.”
Clara levantó lentamente la cabeza.
“¿Herencia de sangre?”
Las mujeres que todavía permanecían en el salón comenzaron a murmurar.
Algunas miraron a Clara con curiosidad.
Otras con desconfianza.
La joven que se había reído de ella antes dio un paso hacia atrás.
“¿Están diciendo que ella pertenece a la familia real?”
Henry negó con la cabeza.
“No exactamente.”
Julian lo miró fijamente.
“Explícate.”
El anciano respiró profundamente.
“La plataforma no fue construida únicamente para encontrar una esposa para Su Alteza.”
Clara sintió un escalofrío.
“Entonces, ¿para qué fue construida?”
Henry miró alrededor del salón.
“Para encontrar a la persona capaz de despertar el legado de la antigua reina.”
Nadie habló.
Julian parecía confundido.
“Mi madre murió hace veinte años.”
“Lo sé.”
“Entonces, ¿qué tiene que ver Clara con ella?”
Henry no respondió inmediatamente.
En lugar de eso, caminó hacia una de las paredes del salón.
Presionó una piedra casi invisible.
Una sección de la pared se abrió lentamente.
Detrás había un pequeño compartimento.
Dentro había un antiguo libro cubierto de polvo.
Henry lo tomó con ambas manos.
Cuando regresó, lo colocó sobre una mesa.
La cubierta tenía el mismo símbolo que la plataforma.
Julian lo reconoció de inmediato.
“Ese símbolo estaba en las joyas de mi madre.”
Henry asintió.
“Porque pertenecía a su familia mucho antes de convertirse en reina.”
Clara miró el libro.
“¿Por qué nadie me había hablado de esto?”
Henry la observó con una expresión extraña.
“Porque nadie sabía que volvería a ocurrir.”
Julian abrió el libro.
Las primeras páginas estaban llenas de nombres.
Reyes.
Reinas.
Princesas.
Guerreros.
Consejeros.
Pero al final de la lista había algo diferente.
Una frase escrita con tinta roja.
“La corona elegirá a quien permanezca en pie cuando todos los demás intenten hacerla caer.”
Clara se quedó inmóvil.
Recordó las risas.
Los susurros.
La plataforma moviéndose bajo sus pies.
Y por primera vez comprendió que la prueba nunca había sido sobre su cuerpo.
Había sido sobre su carácter.
Julian pasó otra página.
Entonces se detuvo.
Su rostro perdió el color.
Clara lo notó.
“¿Qué pasa?”
Julian no respondió.
Henry se acercó.
Cuando vio la página, cerró los ojos.
“Su Alteza…”
Julian levantó la mirada.
“Hay un nombre.”
Clara preguntó:
“¿Qué nombre?”
Julian giró el libro hacia ella.
En la parte inferior de la página aparecía escrito:
“Clara.”
La joven sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
“Eso es imposible.”
Henry negó lentamente con la cabeza.
“No es tu nombre completo.”
Clara miró la página.
Debajo de su nombre había otra palabra casi borrada por el tiempo.
“Valeria.”
Clara retrocedió.
“¿Valeria?”
Julian se quedó inmóvil.
Ese era el nombre de su madre.
La antigua reina Valeria.
La mujer cuya memoria había sido venerada durante décadas.
Clara negó con la cabeza.
“No. Eso no puede ser.”
Henry cerró el libro.
“Hay algo que debemos comprobar.”
Julian preguntó:
“¿Qué?”
Henry miró hacia la puerta.
“Los archivos secretos de la reina.”
El príncipe entendió inmediatamente.
Esos archivos estaban prohibidos.
Nadie podía entrar allí desde la muerte de Valeria.
Ni siquiera Julian.
Pero aquella noche, por primera vez, Julian utilizó la llave que había recibido de su madre cuando era niño.
Los tres caminaron por un corredor oculto debajo del palacio.
Clara iba en silencio.
Las paredes estaban cubiertas de antiguos retratos.
En cada uno aparecía la reina Valeria.
Pero en el último retrato había algo diferente.
Valeria sostenía a un bebé en sus brazos.
Julian se acercó.
Ese retrato nunca había sido mostrado al público.
Él conocía a su madre.
Conocía cada detalle de su rostro.
Pero nunca había visto aquel bebé.
“¿Quién es?”
Henry permaneció en silencio.
Clara miró el retrato.
Entonces vio algo que le hizo perder el aliento.
La bebé llevaba alrededor del cuello una pequeña medalla dorada.
Exactamente igual a la que Clara había llevado toda su vida.
Clara se llevó la mano al cuello.
Debajo de su vestido escondía una pequeña medalla que había pertenecido a su madre adoptiva.
Nunca había sabido de dónde provenía.
Julian la miró.
“Enséñamela.”
Clara dudó.
Pero finalmente sacó la medalla.
Henry se acercó.
Su rostro cambió inmediatamente.
“Es la misma.”
Julian tomó aire.
“¿Dónde la conseguiste?”
“Mi madre me la dio cuando era niña.”
“¿Tu madre?”
Clara bajó la mirada.
“Mi madre adoptiva.”
El silencio se volvió pesado.
Henry preguntó:
“¿Sabes quién era tu madre biológica?”
Clara negó con la cabeza.
“Me dijeron que murió cuando yo era pequeña.”
Julian miró nuevamente el retrato.
Luego miró la medalla.
Después miró a Clara.
Y por primera vez desde que la había conocido, parecía tener miedo.
“Clara…”
Ella levantó la mirada.
“¿Qué?”
Julian señaló el retrato.
“Creo que acabamos de descubrir por qué la plataforma te reconoció.”
Clara observó a la mujer del retrato.
La reina Valeria.
La madre de Julian.
La mujer que había creado la prueba.
Y entonces Henry abrió un compartimento secreto detrás del cuadro.
Dentro había una carta.
El sello real todavía estaba intacto.
Julian rompió el sello con manos temblorosas.
Leyó la primera línea.
Su respiración se detuvo.
Clara preguntó:
“¿Qué dice?”
Julian no respondió.
Henry tomó la carta.
Leyó las primeras palabras.
Y su expresión se volvió completamente aterrorizada.
“Si alguien está leyendo esta carta, significa que mi hija ha regresado.”
Clara sintió que todo el cuerpo se le paralizaba.
Julian levantó lentamente la mirada.
“¿Mi hija?”
Henry continuó leyendo.
“La niña que todos creen que murió aquella noche nunca murió.”
Clara dio un paso atrás.
“No…”
La carta continuaba.
“Fue escondida para protegerla de aquellos que querían apoderarse de la corona.”
Julian apretó los puños.
“¿Quiénes?”
Henry siguió leyendo.
“Si algún día la plataforma reconoce a una mujer que no intenta dominarla, sepan que ella es la verdadera heredera.”
Clara miró a Julian.
“Esto no tiene sentido.”
Pero entonces llegó la última línea.
Henry dejó de respirar por un instante.
Julian tomó la carta.
La leyó él mismo.
Y esta vez no pudo ocultar su reacción.
La carta terminaba con una sola frase:
“Su nombre es Clara Valeria.”
Clara se quedó completamente inmóvil.
Durante toda su vida había creído que era una joven común.
Había crecido lejos del palacio.
Había aprendido a vivir con poco.
Había soportado las miradas de quienes juzgaban su cuerpo.
Y había llegado a la selección sin esperar absolutamente nada.
Pero ahora estaba frente al príncipe del reino.
Frente al retrato de la mujer que podía ser su verdadera madre.
Y frente a una verdad capaz de cambiar el destino de todo el reino.
Julian se acercó lentamente.
“Clara…”
Ella levantó la mano.
“Necesito saber la verdad.”
“Yo también.”
Antes de que pudiera decir algo más, un fuerte golpe resonó desde el corredor.
Los tres se volvieron.
Otro golpe.
Luego otro.
Alguien estaba intentando abrir la puerta.
Henry apagó inmediatamente las lámparas.
“¿Quién sabe que estamos aquí?”
Julian respondió en voz baja:
“Nadie.”
Entonces escucharon una voz al otro lado.
Una voz que Clara reconoció.
Era la mujer que se había reído de ella durante la selección.
“Su Alteza, sabemos que está aquí.”
Julian miró a Henry.
Henry susurró:
“Eso es imposible.”
La puerta comenzó a abrirse.
Clara apretó la medalla contra su pecho.
Julian se colocó frente a ella.
Y justo cuando la puerta terminó de abrirse, apareció una figura vestida completamente de negro.
La persona levantó la mirada.
Y dijo:
“Príncipe Julian, si ella realmente es Clara Valeria, entonces usted no debería estar protegiéndola.”
Julian respondió:
“¿Por qué?”
La figura sonrió.
“Porque la última heredera de Valeria no debía regresar al trono.”
Clara sintió un escalofrío.
La figura dio un paso hacia adelante.
“Debía morir antes de cumplir los dieciocho años.”
Julian quedó paralizado.
Clara miró la medalla en su mano.
Y comprendió algo aterrador.
La prueba del equilibrio nunca había sido solamente una prueba para encontrar una esposa.
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Había sido una forma de encontrarla.
Y alguien había estado esperando durante dieciocho años para asegurarse de que nunca llegara a reclamar la corona.
