Capítulo 5: Ecos en la Oscuridad

La prisión de máxima seguridad en las afueras del estado era un brutal monolito gris. Dentro de su sala de visitas estéril, dividida por un grueso panel de vidrio reforzado, Julián Mendoza estaba sentado con un uniforme naranja. La arrogancia que antes definía su atractivo rostro se había marchitado por completo. Llevaba el cabello corto, la mandíbula hundida y las manos le temblaban ligeramente mientras levantaba el auricular gris del teléfono.
Al otro lado del cristal estaba Ofelia. Los meses en el centro penitenciario para mujeres tampoco habían sido piadosos con ella. Su costosa ropa de diseñador había sido reemplazada por un uniforme apagado, y su cabello, antes perfectamente peinado, ahora estaba atravesado por mechones grises descuidados. Sin embargo, sus ojos todavía ardían con la amarga malicia que había envenenado la vida de su hijo.
—El abogado de apelaciones me llamó ayer —murmuró Julián por el auricular, con la voz vacía—. Dijo que no hay fundamentos para un nuevo juicio. Las imágenes de las cámaras corporales de la fiesta... las están usando como ejemplo en los manuales de una confesión no forzada. Estoy atrapado aquí, mamá. Durante quince años.
Ofelia golpeó el vidrio con la mano libre, sobresaltando al guardia que estaba de pie en la esquina.
—¡No te atrevas a rendirte! —siseó, con la voz quebrándose a través de la estática de la línea telefónica—. Todo esto es una conspiración. Ese viejo, Ernesto, lo planeó desde el principio. Y esa mocosa desagradecida de Valeria... está viviendo en nuestra casa, gastando nuestro dinero.
—Nunca fue nuestro dinero, mamá —dijo Julián en voz baja, mientras una repentina y pesada ola de comprensión caía sobre él.
Por primera vez en su vida, despojado de su riqueza, de su estatus y de la influencia protectora de su madre, Julián se vio obligado a mirar los escombros de sus propios actos. En el aislamiento de su celda, los ecos de su propia voz en la grabación del cumpleaños se repetían una y otra vez en su mente.
“Le di un regalo de cumpleaños adelantado: una bofetada”.
Recordó el terror absoluto en los ojos de Valeria, un terror que él había confundido con respeto. Se había creído un rey, pero al mirar la expresión amarga y llena de odio de su madre al otro lado del cristal, comprendió que solo había sido un monstruo bien vestido.
—Si no me hubieras dicho que falsificara esas escrituras tan rápido... —empezó Julián, con un tono cada vez más resentido.
—¿Me estás culpando a mí? —jadeó Ofelia, con el rostro deformado por una incredulidad absoluta—. ¡Yo te protegí! ¡Oculté su llanto de los vecinos! ¡Te dije cómo manejarla cuando se volvía desafiante! ¡Lo hice todo por ti!
—Y mira dónde estamos —dijo Julián, mirando a su madre con un repentino y profundo desprecio.
Entonces comprendió que su vínculo no estaba construido sobre el amor, sino sobre el control, la codicia y una crueldad compartida. Sin una víctima a la que atormentar, estaban volviéndose el uno contra el otro.
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Lenta y deliberadamente, Julián colgó el auricular. Se puso de pie e hizo una señal al guardia, dándole la espalda al rostro desesperado y gritón de su madre detrás del vidrio.
Mientras caminaba de regreso a su celda oscura, finalmente entendió el verdadero peso de su condena: estaba atrapado para siempre con el fantasma del hombre que había elegido ser.