ABRIÓ LA CAJA Y DESCUBRIÓ QUE SU MADRE LE MINTIÓ 12 AÑOS

PARTE 1
La caja apareció en medio del salón sin que nadie supiera exactamente quién la había llevado.
Era enorme.
Plateada.
Con un gran lazo rojo que brillaba bajo las lámparas de cristal.
A su alrededor, más de cien invitados bebían champán y hablaban de negocios.
La mansión de los Vega celebraba aquella noche el nombramiento de Alejandro como presidente del grupo familiar.
Todo estaba calculado.
La música.
Las flores.
Las luces.
Los discursos.
Todo menos aquella caja.
Alejandro se acercó con una sonrisa incómoda.
¿De quién es esto?
Nadie respondió.
Entonces vio a la niña.
Estaba al lado de la caja.
Tendría unos ocho años.
Cabello castaño rizado.
Vestido crema.
Y unos ojos tan llenos de miedo que Alejandro dejó de sonreír.
Se agachó frente a ella.
¿Estás perdida?
La niña negó.
No.
¿Cómo te llamas?
Lucía.
Alejandro señaló la caja.
¿La trajiste tú?
Lucía miró rápidamente hacia el lazo rojo.
Después volvió a mirarlo.
No la abra.
Alejandro frunció el ceño.
¿Por qué?
Mi mamá dijo que era solo para usted.
Aquellas palabras hicieron que algunos invitados se acercaran.
Alejandro bajó la voz.
¿Quién es tu madre?
Lucía tragó saliva.
Ella dijo que cuando viera lo que hay dentro… la recordaría.
Alejandro quedó inmóvil.
Una mujer rubia del consejo directivo soltó una risa nerviosa.
Debe de ser alguna broma.
Pero Lucía no sonreía.
Alejandro tampoco.
¿Dónde está tu madre?
La niña bajó la mirada.
No pudo venir.
¿Por qué?
Lucía apretó las manos.
Porque murió.
El salón pareció quedarse sin aire.
Alejandro dio un paso atrás.
Lo siento.
Lucía metió la mano en un pequeño bolsillo del vestido.
Sacó una llave.
Era vieja.
De latón.
Atada a una cinta blanca.
Me dijo que usted sabría para qué sirve.
Alejandro observó la llave.
Su rostro cambió.
Hacía doce años había tenido una idéntica.
Dos llaves.
Una para él.
Otra para una mujer llamada Elena.
Elena Cruz.
El único nombre que Alejandro había pasado años intentando olvidar.
¿Cómo se llamaba tu madre?
Lucía lo miró directamente.
Elena.
Alejandro dejó de respirar.
Algunos invitados comenzaron a murmurar.
¿Elena qué?
La niña sostuvo la llave con más fuerza.
Elena Cruz.
Alejandro se apartó de la caja como si acabara de quemarlo.
Doce años atrás, Elena había desaparecido de su vida sin explicación.
Habían estado juntos casi cuatro años.
Él pensaba pedirle matrimonio.
Una mañana, ella se marchó.
No contestó llamadas.
No dejó dirección.
Solo desapareció.
Su familia siempre le dijo lo mismo.
Elena había elegido irse.
Ahora una niña aparecía con su llave.
Alejandro se levantó bruscamente.
¿Quién trajo esta caja aquí?
Silencio.
Miró a seguridad.
¿Quién?
Uno de los hombres respondió:
La entregaron esta tarde. Venía con autorización de su madre.
Alejandro giró.
¿Mi madre?
Lucía tocó suavemente el lazo rojo.
Mamá dijo que dentro está la prueba de que usted…
Alejandro la miró.
¿De que yo qué?
Lucía comenzó a deshacer el lazo.
Y entonces una voz atravesó el salón.
¡No abras esa caja!
Alejandro reconoció la voz.
Su madre, Doña Mercedes, estaba en lo alto de la escalera.
Pálida.
Temblando.
Y mirando la caja con auténtico terror.
PARTE 2
Alejandro no había visto nunca a su madre de aquella manera.
Mercedes Vega no temía a nadie.
Había dirigido empresas.
Había cerrado fábricas.
Había destruido carreras con una llamada.
Pero aquella noche estaba asustada de una caja.
¿Por qué no quieres que la abra?
Mercedes bajó lentamente la escalera.
Alejandro, no aquí.
¿La conocías?
No respondió.
¿Conocías a Elena?
Mercedes miró a Lucía.
La niña retrocedió.
Alejandro se interpuso.
No la mires así.
Mercedes respiró profundamente.
Sí. Conocía a Elena.
¿Y sabías que había muerto?
Silencio.
La respuesta estaba clara.
Alejandro sintió rabia.
¿Desde cuándo?
Hace tres meses.
¿Y no me dijiste nada?
No sabía cómo.
Alejandro soltó una risa amarga.
Qué curioso. Siempre sabes exactamente qué decir cuando quieres controlar algo.
Mercedes bajó la mirada.
Lucía continuaba sujetando la llave.
Alejandro se giró hacia ella.
Abre la caja.
Mercedes reaccionó.
¡No!
Ya basta.
Alejandro tomó la llave.
En un lateral de la caja había una pequeña cerradura oculta.
La llave encajó.
Un clic.
El lazo cayó.
Las tapas se abrieron lentamente.
Dentro no había dinero.
Ni joyas.
Ni objetos peligrosos.
Había cartas.
Fotografías.
Una pequeña manta de bebé.
Un archivador.
Y una vieja caja de madera.
Lucía tomó una fotografía.
Se la entregó a Alejandro.
Él la observó.
Aparecía Elena.
Más joven.
Sonriendo.
En brazos sostenía a una bebé recién nacida.
Alejandro sintió que todo se detenía.
¿Quién es?
Lucía respondió:
Yo.
Alejandro levantó la mirada.
¿Cuántos años tienes?
Once.
Él cerró los ojos.
Once años.
Elena había desaparecido doce años atrás.
Su corazón comenzó a golpearle el pecho.
Tomó el archivador.
Dentro había documentos médicos.
Un certificado de nacimiento.
Y una prueba genética.
Alejandro empezó a leer.
Lucía observaba cada movimiento.
Mercedes no podía mirar.
Alejandro llegó a una línea.
Nombre del padre.
Alejandro Vega.
La carpeta cayó de sus manos.
No.
Lucía comenzó a llorar.
Mamá dijo que quizá usted no me querría.
Alejandro se arrodilló inmediatamente.
No.
Le tomó las manos.
No digas eso.
Ella dijo que usted no sabía nada.
Alejandro miró a Mercedes.
Ahora todo encajaba.
¿Tú lo sabías?
Mercedes empezó a llorar.
Alejandro…
¿Sabías que Elena estaba embarazada?
Sí.
¿Sabías que Lucía existía?
Sí.
Una mujer entre los invitados se cubrió la boca.
Alejandro se puso de pie.
Once años.
Mercedes intentó acercarse.
Pensé que estaba protegiéndote.
¿Protegiéndome de mi hija?
Elena no pertenecía a esta familia.
La frase provocó un silencio helado.
Lucía bajó la cabeza.
Alejandro miró a su madre con una expresión que ella no había visto nunca.
Repítelo.
Mercedes comprendió el error.
No quise decir…
Repítelo.
Alejandro.
¿No pertenecía a esta familia?
Mercedes cerró los ojos.
Doce años atrás, ella había descubierto el embarazo.
Alejandro estaba a punto de asumir un cargo importante en el grupo.
Los Vega negociaban una alianza empresarial.
Mercedes creyó que Elena sería un obstáculo.
Le ofreció dinero para marcharse.
Elena rechazó la oferta.
Entonces Mercedes fue más lejos.
Le dijo que Alejandro ya conocía el embarazo.
Que no quería el bebé.
Que había elegido su empresa.
Y que si Elena permanecía en Madrid, usarían todos los recursos legales para quitarle la niña.
Elena se asustó.
Se marchó.
Alejandro sintió náuseas.
Me robaste once años.
Mercedes lloraba.
Me equivoqué.
No.
Él negó.
Un error es olvidar una llamada. Tú construiste una mentira durante once años.
Lucía miró dentro de la caja.
Hay otra cosa.
Sacó la pequeña caja de madera.
En la tapa había escrito:
Para Alejandro. Solo después de conocer la verdad.
Alejandro la abrió.
Dentro había una memoria USB y una carta.
Leyó la primera frase.
Si estás leyendo esto, significa que Lucía finalmente encontró a su padre.
Alejandro tuvo que detenerse.
Las lágrimas le nublaron la vista.
Pero la siguiente línea era todavía peor.
Antes de perdonar a nadie, debes saber que Mercedes no fue la única persona que me obligó a desaparecer.
Alejandro levantó lentamente la cabeza.
¿Quién más?
Mercedes dejó de llorar.
Y por primera vez, miró hacia un hombre que estaba al fondo del salón.
El tío de Alejandro.
Ricardo Vega.
PARTE 3
Ricardo intentó marcharse.
Alejandro lo vio.
No te muevas.
Todo el salón giró hacia él.
Ricardo se quedó quieto.
Alejandro sostuvo la carta.
¿Qué hiciste?
Nada.
Elena escribió tu nombre.
Ricardo palideció.
Mercedes cerró los ojos.
La verdad era aún más grande.
Doce años atrás, Ricardo controlaba parte de las acciones familiares.
Si Alejandro tenía un hijo reconocido legalmente, una cláusula del antiguo fideicomiso podía modificar la sucesión.
Eso amenazaba la posición de Ricardo.
Mercedes quería proteger la imagen de la familia.
Ricardo quería proteger su dinero.
Ambos presionaron a Elena.
Ricardo contrató abogados.
Mandó cartas.
Le hizo creer que perdería a su hija si intentaba contactar con Alejandro.
¿Tú organizaste todo? preguntó Alejandro.
Ricardo respondió:
Pensé que era lo mejor para la empresa.
Alejandro soltó una risa sin humor.
Siempre la empresa.
Lucía seguía junto a la caja.
Pequeña.
Callada.
Rodeada de adultos que habían convertido su vida en una operación financiera.
Alejandro se acercó a ella.
Lucía.
La niña levantó la mirada.
Lo siento.
¿Por qué?
Porque tardé once años en encontrarte.
Lucía negó.
Mamá dijo que no fue culpa tuya.
Aun así.
Ella guardó silencio.
¿Puedo preguntarte algo?
Sí.
¿Tengo que llamarte papá?
Alejandro sintió que algo se rompía dentro de él.
No.
Se agachó.
Puedes llamarme Alejandro todo el tiempo que necesites.
Lucía sonrió débilmente.
Gracias.
Aquella noche terminó la fiesta.
No hubo discurso presidencial.
No hubo brindis.
Alejandro llamó a sus abogados.
Todos los documentos fueron revisados.
Las pruebas confirmaron que Lucía era su hija.
Ricardo fue apartado del grupo mientras se investigaban sus maniobras financieras.
Mercedes dejó temporalmente todos sus cargos.
Alejandro no quiso verla durante meses.
No porque quisiera castigarla.
Porque necesitaba aprender a mirar a su hija sin pensar en todo lo que le habían quitado.
La relación con Lucía fue lenta.
Alejandro cometió errores.
El primer fin de semana le compró un teléfono carísimo.
Lucía apenas lo miró.
Después le compró ropa.
Un ordenador.
Incluso propuso viajar juntos a París.
Lucía finalmente dijo:
Mamá decía que haces regalos cuando estás nervioso.
Alejandro se quedó quieto.
Tu madre me conocía demasiado bien.
Yo no necesito cosas.
Entonces dime qué necesitas.
Lucía pensó unos segundos.
Que vengas a mi recital el viernes.
Alejandro sonrió.
Estaré allí.
Empieza a las seis.
Él llegó a las cinco.
Se sentó en primera fila.
Lucía tocó el piano.
Cuando terminó, buscó a Alejandro entre el público.
Él estaba allí.
No con un regalo.
No con periodistas.
No con asistentes.
Solo allí.
Meses después, Lucía empezó a llamarlo “papá”.
La primera vez ocurrió sin planearlo.
Papá, ¿me pasas el agua?
Alejandro le entregó la botella.
Luego se quedó inmóvil.
Lucía también se dio cuenta.
¿Qué?
Él negó rápidamente.
Nada.
Pero tuvo que girarse para que ella no lo viera llorar.
Un año después, Alejandro organizó otra reunión en la mansión.
Mucho más pequeña.
Sin inversores.
Sin discursos.
Solo familia y amigos cercanos.
En el lugar donde había aparecido la gran caja plateada, colocaron una mesa.
Encima estaba una fotografía de Elena.
Lucía se acercó con Alejandro.
Mamá habría odiado esta fiesta.
Él rio.
Sí.
Decía que la gente rica pone demasiadas flores.
Alejandro observó los enormes arreglos.
También tenía razón en eso.
Lucía sonrió.
Mercedes llegó más tarde.
No esperaba ser recibida con abrazos.
No los hubo.
Se acercó a Lucía.
No sé si algún día podrás perdonarme.
La niña la miró.
Yo tampoco.
Mercedes asintió.
Lo entiendo.
Pero mamá decía que la gente puede cambiar si deja de esconder lo que hizo.
Mercedes comenzó a llorar.
Lucía añadió:
Así que puede empezar por ahí.
No era perdón.
Pero era una puerta entreabierta.
Alejandro observó a su hija.
Y comprendió finalmente lo que había contenido aquella caja.
No solo documentos.
No solo pruebas.
Había contenido once años robados.
Una madre que ya no podía hablar.
Una hija buscando respuestas.
Y una oportunidad.
Porque Elena sabía que no podía devolverles el tiempo.
Pero podía devolverles la verdad.
PARTE 4
Durante las semanas siguientes, Alejandro creyó que por fin estaba empezando a reconstruir su vida.
Lucía comenzó a pasar más tiempo con él.
Los viernes cenaban juntos.
Los domingos caminaban por el parque.
Y poco a poco, aquella niña que había aparecido en su mansión con una llave en las manos dejó de sentirse como una desconocida.
Pero había algo que Alejandro no podía olvidar.
La memoria USB.
La había guardado en una caja fuerte desde aquella noche.
No la había abierto.
No porque no quisiera conocer la verdad.
Sino porque temía descubrir que todavía quedaba algo peor.
Una noche, Lucía estaba dormida en la habitación de invitados cuando Alejandro recibió una llamada.
Era su abogado.
Alejandro contestó.
¿Sí?
Necesito que vengas a la oficina mañana temprano.
¿Por qué?
Encontramos algo en los documentos de Elena.
Alejandro se incorporó.
¿Qué encontraron?
Hubo unos segundos de silencio.
Una transferencia bancaria.
¿De quién?
El abogado respiró profundamente.
De Ricardo.
Alejandro cerró los ojos.
¿Cuándo?
Dos semanas antes de que Elena desapareciera.
¿Cuánto dinero?
Una cantidad suficiente para comprarle una nueva vida a alguien.
Alejandro apretó la mandíbula.
¿Y el concepto?
El abogado tardó en responder.
Protección familiar.
Alejandro sintió un escalofrío.
No era una simple coincidencia.
Ricardo había pagado a alguien.
Pero todavía no sabían a quién.
A la mañana siguiente, Alejandro llegó a la oficina antes de que amaneciera completamente.
Sobre el escritorio había varios documentos.
Su abogado señaló una carpeta.
Encontramos una empresa intermediaria.
Alejandro abrió la carpeta.
La compañía estaba registrada doce años atrás.
Tenía un único administrador.
Alejandro leyó el nombre.
Y se quedó inmóvil.
No puede ser.
Su abogado lo miró.
¿La conoces?
Alejandro levantó lentamente la cabeza.
Sí.
Era la antigua directora del hospital donde Elena dio a luz.
La misma mujer que había firmado el certificado de nacimiento de Lucía.
Alejandro sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
Entonces no solo la obligaron a desaparecer.
¿Qué quieres decir?
Alejandro señaló los documentos.
Alguien estuvo controlando todos los registros de Elena.
Durante años.
Su abogado tomó otro papel.
Hay más.
Alejandro lo miró.
Después de que Elena se marchara, alguien siguió enviando dinero mensualmente.
A nombre de Lucía.
Alejandro frunció el ceño.
¿Ricardo?
No.
Alejandro levantó la mirada.
Entonces, ¿quién?
El abogado colocó un extracto bancario sobre la mesa.
El nombre del titular lo dejó completamente paralizado.
Elena Cruz.
Alejandro dejó caer el documento.
Pero Elena estaba muerta.
El abogado negó lentamente.
Eso es lo extraño.
La cuenta recibió un último depósito hace apenas cuatro meses.
Alejandro sintió un golpe en el pecho.
Cuatro meses.
Elena había muerto tres meses antes.
Una idea imposible comenzó a formarse en su cabeza.
¿Estás seguro de que murió?
El abogado lo miró fijamente.
Tenemos un certificado.
Eso no responde a mi pregunta.
Alejandro tomó su teléfono.
Llamó al hospital.
Nadie respondió.
Volvió a llamar.
Esta vez contestó una mujer.
Alejandro preguntó por los registros de Elena Cruz.
La mujer se quedó callada.
Señor Vega, esos documentos están restringidos.
¿Quién los restringió?
No puedo decirlo.
Alejandro cerró los ojos.
Entonces dígame una cosa.
¿Elena Cruz murió realmente?
Silencio.
Largo.
Demasiado largo.
Finalmente la mujer respondió:
No puedo confirmar eso.
Alejandro se quedó inmóvil.
La llamada terminó.
Por primera vez en doce años, una posibilidad que parecía absurda comenzó a convertirse en realidad.
Elena podía estar viva.
Aquella misma noche, Alejandro regresó a la mansión.
Lucía estaba sentada en el suelo de la biblioteca.
Tenía una caja de fotografías frente a ella.
Alejandro se acercó.
Lucía levantó la mirada.
Papá.
Alejandro se detuvo.
Todavía le costaba acostumbrarse a escuchar aquella palabra.
¿Qué haces despierta?
No podía dormir.
¿Por qué?
Encontré algo.
Lucía sacó una fotografía.
Era Elena.
Pero no estaba sola.
A su lado aparecía un hombre.
Alejandro reconoció inmediatamente el rostro.
Era el antiguo médico de la familia Vega.
Lucía señaló la parte trasera de la fotografía.
Mamá escribió esto.
Alejandro la giró.
Había una frase escrita a mano.
“Si algún día Alejandro descubre la verdad, dile que nunca dejé de buscarlo.”
Alejandro sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
¿Dónde encontraste esto?
En la caja de mamá.
¿Había más?
Lucía asintió.
Pero antes de sacar nada, su teléfono comenzó a sonar.
Era un número desconocido.
Alejandro contestó.
Nadie habló.
Solo se escuchaba una respiración.
¿Quién es?
Silencio.
Entonces una voz femenina, débil y temblorosa, susurró:
Alejandro…
Él se quedó completamente inmóvil.
Aquella voz.
Podían haber pasado doce años.
Podía haber cambiado el mundo entero.
Pero él la habría reconocido entre miles.
El teléfono casi se le cayó de la mano.
Elena.
Lucía se levantó inmediatamente.
¿Papá?
Alejandro no respondió.
La voz volvió a escucharse.
No confíes en Mercedes.
Alejandro sintió un frío profundo.
¿Dónde estás?
No puedo decírtelo.
Elena, por favor.
No vengas a buscarme.
¿Por qué?
Porque si vienes, ellos sabrán que estoy viva.
Alejandro sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
¿Quiénes?
La llamada se cortó.
Alejandro intentó devolverla.
Número desconocido.
Otra vez.
Nada.
Lucía lo observaba.
¿Era mamá?
Alejandro miró a su hija.
Y por primera vez no supo qué decir.
Porque acababa de escuchar la voz de una mujer que llevaba tres meses oficialmente muerta.
Y si Elena estaba viva, entonces la caja no había sido el final de la historia.
Había sido apenas el principio.
PARTE 5
Alejandro pasó toda la noche intentando encontrarla.
No durmió.
No comió.
No respondió llamadas.
Solo repetía una pregunta.
¿Dónde está Elena?
A las seis de la mañana llamó a su abogado.
Quiero todos los movimientos bancarios relacionados con ella.
Ya estamos trabajando en eso.
No.
Alejandro miró por la ventana.
Quiero todo.
Hospitales.
Hoteles.
Cuentas.
Teléfonos.
Vehículos.
Direcciones.
Y quiero saber quién falsificó su certificado de defunción.
Hubo silencio.
El abogado entendió entonces la gravedad de la situación.
Alejandro no estaba buscando una mujer desaparecida.
Estaba investigando una conspiración.
Horas después llegó el primer resultado.
Una cámara de seguridad había registrado a Elena en una estación de tren.
Tres meses antes.
Alejandro amplió la imagen.
Era ella.
Más delgada.
Más pálida.
Pero era Elena.
Alejandro sintió que las piernas le temblaban.
¿Adónde fue?
El abogado señaló la pantalla.
Eso es lo extraño.
Elena compró un billete.
Pero nunca subió al tren.
¿Entonces?
Alguien la recogió.
¿Quién?
Todavía no lo sabemos.
Alejandro miró la imagen.
Había un vehículo negro estacionado detrás de ella.
La matrícula estaba parcialmente oculta.
Pero una parte era visible.
Alejandro reconoció los números.
Se quedó helado.
Ese coche pertenecía a su madre.
Mercedes.
Alejandro salió inmediatamente.
Llegó a la casa donde Mercedes vivía temporalmente.
Ella abrió la puerta.
Al ver el rostro de su hijo, supo que todo había terminado.
¿Dónde está Elena?
Mercedes palideció.
Alejandro entró.
No quiero mentiras.
Mercedes cerró la puerta.
No sé dónde está.
Alejandro golpeó la mesa con la palma.
¡Mi madre conducía el coche que la recogió!
Mercedes empezó a llorar.
No fui yo.
¿Entonces quién?
Mercedes no respondió.
Alejandro la miró fijamente.
¿Quién?
Ella finalmente susurró:
Ricardo.
Alejandro cerró los ojos.
Otra vez Ricardo.
Mercedes se sentó.
Después de que Elena desapareciera, Ricardo siguió vigilándola.
¿Por qué?
Porque Elena no se fue como él quería.
¿Qué significa eso?
Mercedes miró a su hijo.
Ella siguió buscando la manera de encontrarte.
Y lo consiguió.
Alejandro sintió que el pecho le ardía.
Entonces, ¿por qué nunca me encontró?
Mercedes comenzó a llorar.
Porque Ricardo la encontró primero.
Alejandro quedó inmóvil.
¿Qué le hizo?
Mercedes negó con la cabeza.
No quiero decirlo.
¡Dímelo!
La amenazó.
Le dijo que si intentaba acercarse a ti, Lucía desaparecería.
Alejandro sintió una furia que nunca había experimentado.
¿Y tú lo permitiste?
Mercedes bajó la cabeza.
Yo también tenía miedo.
¿Miedo de qué?
Mercedes lo miró.
De que Ricardo descubriera algo que ni siquiera tú sabes.
Alejandro se quedó quieto.
¿Qué cosa?
Mercedes no respondió.
Alejandro dio un paso hacia ella.
¿Qué cosa?
Mercedes tomó aire.
Elena no fue la única que tuvo una hija.
Alejandro frunció el ceño.
No entiendo.
Mercedes abrió un cajón.
Sacó un sobre viejo.
Lo dejó sobre la mesa.
Alejandro lo abrió.
Dentro había una fotografía.
Y un certificado.
Su rostro cambió.
No.
Mercedes empezó a llorar.
Alejandro miró nuevamente el documento.
Era un certificado de nacimiento.
El nombre de la madre era Elena Cruz.
Pero el nombre del padre no era Alejandro Vega.
Era Ricardo Vega.
Alejandro retrocedió.
Eso es imposible.
Mercedes negó.
No.
No es imposible.
Alejandro miró la fotografía.
Aparecía Elena.
Mucho más joven.
A su lado estaba Ricardo.
Y entre ellos había un bebé.
Una niña.
Alejandro levantó la cabeza.
¿Quién es esa niña?
Mercedes no respondió.
¿Quién es?
Mercedes cerró los ojos.
La niña que Ricardo creyó haber perdido.
Alejandro sintió que el mundo se inclinaba.
Entonces comprendió.
Lucía no era el único secreto que Elena había llevado consigo.
Había otra hija.
Y Ricardo llevaba doce años buscándola.
Alejandro apretó el certificado.
¿Dónde está?
Mercedes empezó a temblar.
No lo sé.
Alejandro la miró con incredulidad.
¿No lo sabes?
Mercedes negó.
Pero entonces el teléfono de Alejandro vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
Alejandro la abrió.
Era Elena.
Estaba sentada en una habitación oscura.
Tenía el rostro pálido.
Y detrás de ella había una pared con una fecha escrita.
12 de agosto.
Alejandro dejó de respirar.
Debajo de la fotografía había una frase.
“Si quieres encontrar a Elena, trae a Lucía.”
Alejandro sintió que la sangre se le congelaba.
Otro mensaje apareció.
“Y no le digas nada a Mercedes.”
Alejandro levantó lentamente la mirada.
Mercedes estaba frente a él.
Pero ella también había visto la pantalla.
Su rostro perdió todo el color.
Porque había reconocido aquella habitación.
No era un lugar desconocido.
Era una habitación que Mercedes había visto una sola vez.
Doce años atrás.
La habitación secreta de la antigua mansión Vega.
Alejandro apretó el teléfono.
¿Quién la tiene?
Mercedes no respondió.
Alejandro gritó:
¡¿QUIÉN TIENE A ELENA?!
Mercedes cerró los ojos.
Y susurró una frase que hizo que Alejandro sintiera un escalofrío.
No es Ricardo.
Alejandro se quedó inmóvil.
Entonces, ¿quién?
Mercedes levantó la mirada.
Su voz apenas podía escucharse.
La persona que tiene a Elena…
Es alguien que tú has estado llamando papá toda tu vida.
Alejandro dejó de respirar.
Su padre llevaba muerto quince años.
Y en ese mismo instante, su teléfono volvió a vibrar.
Un nuevo mensaje.
May you like
Esta vez solo había una frase.
“Ven solo, Alejandro. Tu padre tiene algo que contarte.”
